El BIENMESABE  

“La cultura no se vende, se regala”

Por: Samuel E. Aguinaga Alcaraz
Este boletín El Bienmesabe, en parte, es continuación del anterior en el que hablé de la antigua Plaza de Mercado. Algunos amigos me han reclamado porque me faltó mencionar a muchas personas que fueron sobresalientes durante el desarrollo de esta actividad de los sábados, pero es lo cierto que siempre quedarán cosas pendientes porque en esa época nadie anotaba nada ni se tomaban fotos como ahora que a cualquier callejón o casa vieja la retratan constantemente. Algo que omití y que vale la pena mencionar es el BANDO.

En ese tiempo, digamos en los años de la década del cincuenta cuando no se conocía el micrófono,
o al menos en la Alcaldía Municipal no lo había, entre las diez y las once de la mañana del sábado, salía un policía bien vestido, de cachucha y polainas al balcón de la Alcaldía y redoblaba una caja de música durante cinco o diez minutos: tintarantantín, tintarantantín… y dele que es fiesta. Mientras esto ocurría los que estaban en la plaza se acercaban al edificio para escuchar lo mejor posible lo que iban a decir. Cumplido este rito salía el Sr. Alcalde a leer el mandato que quería hacer conocer a la población. Luego, regresaba a su despacho con aire de solemnidad como si fuera un emperador. Recuerdo a uno que no leía, sino que manifestaba verbalmente las disposiciones que quería notificar. Algunos decían que no sabía leer. Ese es el mismo que iba a llevar a Chacarita al Papayo, es decir, a la muerte, porque en un baile de garrote en la casa de Lucía Guardia que conocíamos con el nombre del Cebollal casi que le daba en las narices con las maracas mientras le cantaba: si me coge, no me coge, si me coge, no me coge la Llorona por detrás, por lo que le sacó rabia y el Alcalde le dijo: ¿Qué no te cojo? Seguí pa Papayo hijue… Por este episodio en el que afortunadamente intervino Don Alberto Martínez Villa para que no sacrificaran al inofensivo Chacarita, el Dr. Alfredo Pardo Martínez hizo mochar o sacar del puesto, por violento, a ese que ejercía la primera autoridad en el Municipio.

Sigamos con las anécdotas que según me dicen tanto agradan a algunos amigos entre ellos Alfonso Robledo quien todavía las lee sin gafas.

Una persona muy conocida en la Ciudad porque creo que nunca se alejó de sus alrededores y que tuvo mucho que ver con el mercado de los sábados, lo fue Enrique Serna, a quien cariñosamente llamábamos Fosforina. Era carnicero, profesión que le vino por herencia de su padre, Félix Serna. Flaco, de estatura mediana, caminaba con gracia y elegancia. Conocedor como nadie de su oficio, manejaba con inteligencia su clientela con lo que la provocaba a comprarle su mercancía. Un sábado, a comienzos de los años cincuenta, llegó una monjita del asilo San Pedro Claver y le dijo: -Véndame una libra de solomo de cerdo, pero no me vaya a engañar, que a usted se le ve que es muy avispao. Fosforina con su cuchillo en alto, como acostumbraba manejarlo, volteó a mirarla de frente y le dijo: -¡Hermanita¡: ¿usted cree que yo voy a hipotecarle mi alma al diablo por una mecha de carne? ¡Eso nunca, mi apreciada religiosa!. La hermanita se rió y él de inmediato entró a cortar y a despachar lo pedido.

A los campesinos descalzos, de sombrero y carriel que pasaban cerca a su mesa  mirando y buscando lo más barato para comprar, los hacía sentir bien diciéndoles: ¡ Que hubo gallito! Usted sabe que el caballo come de lado… Venga lo atiendo… al oído como si se tratara de un secreto de confesión le decía: lleve de este hueso y verá que por la noche lo pone como pata de catre…Ya usted sabe que le quiero decir, pero no se lo digo de frente porque sé que usted viene de comulgar. El campesino pleno de felicidad y convencido de la efectividad de lo recomendado, compraba una buena cantidad de huesos. Cuando se retiraba, Fosforina se reía y comentaba: Se acaba primero la aguamaza que los marranos… ¡Cliente satisfecho, vuelve!  ¡Sí hay de res y de marrano!