El BIENMESABE  

“La cultura no se vende, se regala”

Por: Samuel E. Aguinaga Alcaraz

LA VIEJA PLAZA DE MERCADO (Artículo para mayores de 50 años).

Hoy quiero referirme a la plaza de mercado de la Ciudad de Antioquia, centro de nuestra población, donde todo llegaba y de donde todo salía. Aquí el mercado se hacía los días sábados, pero desde el viernes se instalaban los toldos de cacharros, los de las carnicerías, de los que vendían alimentos cocidos como tinto, carnes fritas y demás; llegaban los campesinos a instalar sus ventas en costales tendidos sobre el empedrado, y en fin, este día se hacían los preparativos para el gran mercado semanal. Toda la gente madrugaba: Los comerciantes de fríjol y panela a abrir sus bodegas y los que cargaban en carretas a sacar los bultos para instalarlos en el lugar donde se exponían los artículos para la venta. Los carniceros a organizar sus mesas con toldos de lona, a colocar bateas, a afilar sus cuchillos y a disponer las hojas de viao y todo sobre las mesas de madera que encontraban en el lugar que de tiempo atrás habían escogido y donde cumplidamente eran colocadas por el trabajador que se encargaba de guardarlas el día anterior en piezas que había muy cerca de la plaza y de sacarlas para el trabajo del siguiente.

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Plaza de Mercado

El movimiento comenzaba entre las dos y las tres de la mañana. Todo se hacía con alumbrado de velas, porque la energía eléctrica era deficiente, por no decir inexistente, así que la plaza se veía iluminada cada sábado, como si fuera un siete de diciembre. Mientras tanto, en el matadero que quedaba entre Gualí y Tonusco, en la prolongación de la carrera 10, los matarifes Quinia y Nolasco Quintero estaban sacrificando con estoque el ganado y los cerdos desde las nueve de la noche del viernes. Los cerdos, luego de sufrir la muerte, eran chamuscados, es decir, su pelo quemado en una hoguera de hojas secas de palma de coco, lo que imprimía a la garra olor a chicharrón y se comía así, cruda. Todo allí era también iluminado con velas y el agua en abundancia corría por la mitad de la edificación para un mayor aseo. El camino de la llamada esquina del teléfono que se iniciaba en la carrera 9 con calle 9 y que conducía al matadero, era oscuro y en el trayecto de Gualí era tenebroso, se oía el murmullo del agua y ciertos ruidos que se decía eran de animas en penas en los cacaotales de los lados. Mas o menos a las tres de la mañana, arriados por Minúa, salían en el primer viaje, los dos novillos blancos cargados hacia la plaza a entregar la carne que portaban en cajones Esa entrega se hacía hablando: medio cerdo para Payanco, media res para Chefo, el hueso y la asadura para Felito, el cuarto de cerdo para Fosforina, la res para Jesús Serna, otra entera para Juan Pablo Urrego, otro cuarto de marrano para Quicapea, otra media res para Antonio Aguinaga, otro cuarto de marrano para José Reyes Girón, autodenominado el Girón de la Luna, medio para Cocoviche, un poco para Barrerita o Mecague, el hombre que muy de vez en cuando reía, autor de la famosa carta a su novia que terminaba “Tuyo amaba”, y así en varios viajes iban trayendo y entregando la preciosa mercancía. Sonaban los cuchillos y Fosforina decía con voz clara y perceptible: -¡Si hay de res y de marrano! Payanco o La Loba era poco madrugador y llegaba a las cuatro y media de la mañana a toda carrera a organizar su venta. Con su optimismo que siempre lo acompañó, decía colocar en este gancho la mejor carne y en su batea removía la salada de hace ocho días que ya olía un poco feo. Cantaba: Adiós Marilú, adiós mujer/. Arrepentida vas a volver/; o esta otra: Cuando quise no quisiste./ Ahora que vos querés ya no quiero yo/; o cualquiera otra canción del famoso Burro Mucho, de quien era incondicional admirador. Carniceros y ayudantes tomaban tinto y despachaban a quienes madrugaban a comprar el hueso de cola o punta de costilla para el sancocho:
Nacianceno Ramirez, Don Alberto Vargas y otros. A las cuatro y media del amanecer sonaba la campana mayor de la Catedral recordando el avemaría. El tiempo pasaba lento, todo era un continuo murmullo y al fin, a las cinco y media comenzaba en el oriente a despuntar el sol, por encima de la cresta de la Cordillera Central, el que en tiempos de principios de año, se veía como una bola roja en el espacio, mientras la plaza se iba nutriendo de gente en movimiento que llegaba de todos los sectores de la ciudad. Allí estaban las esteras; hacia un costado las verduras, junto al parque las ollas, callanas y todos los artículos de barro traídos de Obregón; para arriba, los Marinillos vendían sus telas y cortes de algodón; más para acá los bultos de panela, frisol, maíz y papas. Todo era un festín en estas primeras horas del sábado. Antes de las ocho de la mañana volvía a sonar la campana mayor de a Catedral anunciando  el momento de la elevación y todos los hombres se quitaban el sombrero,  las actividades se detenían y se imponía un silencio absoluto. Muchos volteaban sus frentes en dirección del templo, como los musulmanes que posan en dirección de la Meca en momentos de hacer sus oraciones. Luego de los tres campanazos, profundos y espaciados, la campana misional anunciaba la finalización de la consagración y todo retrocedía  al momento en que había sido dejado para atender esta devoción con Dios. Seguía el desayuno,  para los carniceros, en portas de peltre blanco,  uno cargado de chocolate espeso,  otro con tela de callana cocida en brasas y otro más con asadura de cerdo picada o carne frita. Para otros, suculento sancocho de gallina con arroz, papas, yuca y arepa de callana. De sobremesa el espeso chocolate. Así todo era movimiento, había  orden y a la una de la tarde el mercado se acababa y todo se guardaba . Comenzaban los trabajadores del Municipio a barrer y la plaza se veía espaciosa,  limpia y agradable  Eran otros tiempos.