El BIENMESABE  

“La cultura no se vende, se regala”

Por: Samuel E. Aguinaga Alcaraz

En El Santafereño, no sé de qué fecha, publiqué este artículo, y ahora lo repito aquí por solicitud de un amigo.

Expondré, pues, lo poco que conozco sobre el origen de este nombre aquí en Antioquia, sin negar que pueden haber otras versiones, porque al fin de cuentas esta es una historieta sin respaldo en documento alguno.

El bello licor, como muchos le llamamos, que destilan en alambique, en cañadas y montes cercanos a alguna fuente de agua, como lo hacían en tiempos muy lejanos en países Europeos, hasta finales de los años cincuenta tenía otros nombres en nuestra Ciudad, tales como Tape tusa, porque la botella o calabazo que lo contenía era tapado con un trocito de tusa; Contrabando, porque era una bebida prohibida por la ley, y Chocoína, no sé la razón. Hace muchos años, me contó Blas Emilio Vargas, que en cierta oportunidad estaban en la finca La Meseta tomando Tapetusa: su padre Juan María Vargas, Pablo Escobar Arango, Enrique Serna, Fosforina y otros que no recuerdo, cuando de repente vieron que por la carretera venían hacia la casa de la finca dos guardas de las Rentas Departamentales. Consumir contrabando en esos años era prohibido y las autoridades departamentales tenían empleados que estaban permanentemente vigilando para que la gente no lo tomara y a quien cogían destilándolo o con una botella lo llevaban a la cárcel.

La Meseta es una finca situada en la margen izquierda de la vieja Carretera al Mar, (en dirección Medellín-Turbo), muy conocida por todos los Santafereños al igual que lo fue su dueño Juan María Vargas, quien, dicho sea de paso, antes de morir solicitó a los suyos que lo sepultaran en sus tierras bajo el árbol de mango donde había enterrado su caballo que tanto quiso, voluntad que se cumplió a cabalidad.

En todo caso, eran las horas del medio día cuando el radiante sol descargaba a lampos sus rayos sobre el fértil Valle del Tonusco, sombreado por cacaoteros, árboles del pan, mangos, nísperos, etc. En un extremo de la manga de grama contigua a la casa, pastaba el ganado de leche y en la curva, asomándose a la carretera, crecía incontroladamente una mata de guadua. Desde este punto se divisaba la vetusta vivienda que tenía corredor en redondo y sobre éste, a la vista de los transeúntes, la cocina con su fogón de leña construido en ladrillos pegados con ceniza; a un lado la leña y las ollas de barro llenas de agua para los menesteres de rigor, además había pollos, gallinas y marranos andando y robando lo que les servía de alimento y que eran espantados de vez en cuando por los que allí estaban ingiriendo licor para procurarse cierta tranquilidad. Fosforina, hombre de buen chispazo mental, más aún cuando programaba tomarse unos tragos que se ponía su sombrerito de fieltro y colgaba al cuello su poncho, vio cuando de pronto asomaron los dos guardas en la curva de la carretera y entonces cogió la botella grande de cuerpo abultado y cuello estrecho llamada damajuana, de la que estaban tomando y con mucho cuidado la llevó a la parte de atrás del fogón que ardía a toda llama porque estaban cocinando una gallina y la escondió en la ceniza de la hornilla que allí había depositada en gran cantidad.

Los guardas llegaron, saludaron, miraron por todos los lados y no observaron nada de lo que buscaban. Luego uno de ellos, más malicioso preguntó: ¿Y en el fogón que hay? Se adelantó Fosforina a los demás y respondió: ¿Qué hay? ¡Candela…! ¡Pura Candela…! Los Guardas no quedaron muy satisfechos con la respuesta, pero tampoco fueron a requisar. Se despidieron y los compañeros de farra se quedaron a las carcajadas comentando la oportuna y graciosa respuesta de Fosforina, quien desde ese momento siguió mencionando Candela por Tapetusa. Los que allí estaban contaron a otros lo ocurrido y el nuevo nombre se impuso hasta nuestros días. Algunos que han querido darle mejor carta de presentación lo llaman Wisqui Buguéz, pero no ha tenido total acogida.

Así que, según lo narrado, por simple casualidad se cambió el nombre a la Tape tusa por Candela, en la finca La Meseta, por el Sr. Enrique Serna, Fosforina, quien falleció a mediados de los años sesenta, cuando sólo contaba 39 años de edad.
Cambiando ya de tema contemos algo gracioso que en nada se relaciona con las ocurrencias de nuestra tierra, pero que sí tuvo que ver con el excelentísimo Señor Obispo Francisco Cristóbal Toro Correa, nuestro Santo Obispo. Esta anécdota la leí en un libro del Centro de Historia, que ya no recuerdo cómo se llama ni dónde estará.
Es más o menos como sigue: Cuando el Sr. Obispo Francisco Cristóbal Toro llegó a la Ciudad de El Socorro a regir los destinos de la Diócesis de El Socorro y San Gil, a principios del Siglo XX, iban a su palacio a saludarlo las principales personalidades de la Ciudad. Un día, el portero le anunció la visita del Dr. Mula.
Ya en el salón o sala de recibo, el Sr. Obispo le dijo al visitante: -Doctor Mula, encantado de conocerlo… El doctor soltó la carcajada y comentó: ¿Excelencia, usted tan recién llegado a esta Ciudad y ya sabe mi sobrenombre que es Mula? El Sr. Obispo, con mucha pena, le preguntó: ¿ Es que acaso ese no es su apellido? El doctor, quien era el médico de la ciudad le respondió. –No, lo que ocurre es que como siempre que salgo a visitar a los enfermos a sus casas lo hago al trote, la gente me llama el Dr. Mula… El Sr. Obispo se dio cuenta que había tratado a una distinguida persona por el apodo, esto es con desacato y luego de presentarle excusas le dijo: – Doctor, lo que ocurre es que, como mi apellido es Toro, no me pareció raro que el suyo fuera Mula. Esta fue, sin lugar a dudas, una muy inteligente salida de una persona con dotes de repentista.