JOSÉ MARÍA MARTINEZ PARDO UN SABIO AL SERVICIO DE LA SALUD PÚBLICA EN SANTA FE DE ANTIOQUIA

Ponencia en reunión del mes de Julio de 2008.

“Campeón de la Ciencia Cristiana”, “Escritor incansable”. “Árbol robusto de la ciencia”, “Árbol gigantesco de estos lares”. “Ángel tutelar del desvalido”, “convencido discípulo de Lineo”, “Filósofo”, “Caritativo médico del pueblo” “Modesto sabio”, “Eminente ciudadano”,

“Cristiano sincero y practicante” Amigo indulgente y leal”, el Padre de Familia sin segundo, el maestro de la moral y de la ciencia”. Padre de los Pobres en presencia de sus dolores, “de cabeza enciclopédica”. “Estatua de la Caridad, Árbol tutelar de Antioquia, “el Hombre más virtuoso del siglo XIX”

“Reliquia de Antioquia” “Una de las inteligencias más esclarecidas de nuestro país”, “Uno de los corazones más generosos y magnánimos”, “Gigante de la ciencia”, “parlamentario y erudito en legislación”, ocupó curules en las cámaras y asambleas” “Caritativo médico del pueblo” “Modesto sabio”, “Eminente ciudadano”, “Cristiano sincero y practicante” Amigo indulgente y leal”, el Padre de Familia sin segundo, el maestro de la moral y de la ciencia” “Padre de los Pobres en presencia de sus dolores, “de cabeza enciclopédica”. “Estatua de la Caridad, Árbol tutelar de Antioquia, “el Hombre más virtuoso del siglo XIX”. “Símbolo de la bondad y del saber”…”Dejó un reguero de escuelas y colegios por cuantas tierras recorrió”.

El “Criterio” de Bogotá, y en un artículo firmado por J. A. P. define, lamentando la muerte del Sabio Antioqueño, su vida así: “Consagrado desde la juventud al estudio de la filosofía, de las matemáticas, la medicina y de las ciencias naturales, en todo soberbio por su claro y profundo talento; y con brilló desempeñó la presidencia del Estado de su nacimiento; por repetidas ocasiones ocupó asiento entre los legisladores de su patria y sirvió empleos municipales.

De carácter bondadoso, afable, que unía a una inteligencia esmeradamente cultivada, su trato deleitaba por la amenidad. Caritativo de corazón, jamás exigió remuneración por sus servicios a ricos, a pobres, ni en los establecimientos de educación. El Seminario de la Diócesis de Antioquia le debe gran parte de sus triunfos. Buen ciudadano, buen esposo, buen padre de familia, buen amigo, conciliador general, católico ferviente, sus virtudes fueron veneradas y sirvieron de saludable ejemplo. Las lágrimas que se derramaron son las flores de su tumba y ellas preservarán su nombre del olvido”.

Estos epítetos son más que suficientes para descubrirnos ante el más grande de los sabios que ha dado esta tierra de fe y tradiciones, Santa Fe de Antioquia. Y Hoy me quiero acercar a José María Martínez Pardo, uno de los grandes personajes de Antioquia, si no el más grande, con un tema que, leyendo sus escritos, le preocupaba al médico de todos: la salud pública.

¿Qué es salud pública? Esta pregunta no tiene una respuesta fácil. Diversas definiciones se han planteado para intentar especificar este concepto. Uno de los principales innovadores en el desarrollo conceptual de la salud pública fue C. E. Winslow. Según Winslow, salud pública es la ciencia y el arte de prevenir las enfermedades, prolongar la vida, fomentar la salud y la eficiencia física y mental, mediante el esfuerzo organizado de la comunidad para:

1) el saneamiento del medio ambiente; 2) el control de las enfermedades transmisibles; 3) la educación sanitaria; 4) la organización de los servicios médicos y de enfermería; y 5) el desarrollo de los mecanismos sociales que aseguren al individuo y a la comunidad un nivel de vida adecuado para la conservación de la salud. Quizá más importante que definir la salud pública es identificar para qué sirve. En este sentido, parece que la misión de la salud pública es satisfacer el interés de la sociedad en garantizar las condiciones que permiten a las personas tener salud.

1“Durante el gobierno de D. Juan de Dios Aranzazu se estableció en Medellín una Junta de Sanidad que atendía con muy buena sindéresis y gran generosidad a la preservación de las enfermedades epidémicas que con frecuencia se presentaban. El “Constitucional de Antioquia”, periódico de aquella época, nos cuenta que la junta se reunión el 15 de diciembre de 1834. Junta que estaba conformada por: el gobernador, el Párroco Pbro. Francisco de P. Benítez, el personero D. Gregorio M. Urreta, de D. Juan Carrasquilla, D. Pedro Uribe Restrepo, Sinforiano Hernández, William Jervis y Francisco Orta. Se reunían con el fin de proveer los medios de impedir la epidemia de la disentería que en aquellos días azotaba a la capital de la Provincia. El periódico decía que una de las decisiones de la junta fue hacer imprimir un aviso en el que se decía que mientras durara la epidemia, los pobres podían acudir a los médicos nombrados, quienes recetarían gratuitamente. Se comisiona a los Doctores Pedro Uribe y Francisco Orta para que hagan los estudios sobre esta epidemia. Ellos sugieren, según el periódico, el siguiente proceso curativo:

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1 La Medicina en los Departamentos Antioqueños, por Emilio Robledo, en Repertorio Histórico de la Academia Antioqueña de Historia, Año 6, enero de 1924, Nos. 1-2.

“Toda persona que se sienta atacada de uno de los síntomas indicados, se reducirá a dieta en el momento y en caso de no poder consultar un facultativo, tomará de una vez y en forma de tizana, el purgante siguiente: maná, crémor, pulpa de tamarindo, de cada cosa media onza disuelto todo en cocimiento de malvas y cebada.

Esta dosis se aminorará o aumentará proporcionalmente según la edad y fuerza del enfermo. Bebida común: cocimiento de arroz o de malva, linaza con goma arábiga en cantidad de media onza para toda la bebida diaria. Unciones repetidas. Unciones repetidas de aceite de almendras sobre el vientre, lavativas de cocimiento de malvas y almidón con aceite de almendras. Si el mal no cediese en las primeras 24 horas a beneficio de los medicamentos, se recurrirá a la administración de un vomitivo de ipecaucana o raicilla en dosis de 6 a 8 gramos para los niños de 3 a 8 años; de 12 gramos los de 8 a 16; y para los adultos de 12 a 24 en tales circunstancias cada lavativa llevará de 12 a 20 gotas de láudano”.

Estos acontecimientos y la presencia de médicos en Antioquia hace que se pida, al gobierno nacional, la creación de alguna cátedra de asuntos médicos en el año de 1834. A dicha solicitud responde el Presidente Santander, por conducto del ministerio de Relaciones Exteriores: “Di cuenta al P. E. del oficio de V. S. número 126 en el que se solicita la creación de una cátedra de medicina; y en consecuencia ha dictado la resolución que inserto. El ejecutivo no puede decretar el establecimiento de la cátedra de medicina que se solicita mientras no tenga una seguridad respecto de la dotación del preceptor, y esta seguridad no puede tenerla mientras no se haga una escritura pública en la cual los que solicitan el establecimiento se comprometan a sostenerlo. La Gobernación lo manifestará así a estos individuos…”

No se pudo adelantar nada al respecto. Pero nuestra ciudad Madre si, afortunados que son los pueblos cuando tienen grandes personalidades, logra este honor, pues del mismo Gobierno Nacional recibe el Decreto 27 de Abril de 1837 en que se dice: “Vistas las representaciones que han elevado el Sr. Juan Antonio Pardo, Dr. En Jurisprudencia y el Sr. José María Martínez Pardo, Dr. en Medicina, en el que se ofrecen enseñar gratuitamente en el Colegio Seminario de Antioquia, el primero un curso de Jurisprudencia, y el segundo un curso de medicina, examinados los informes dados…

Decreto Artículo 1: Se crean en el Colegio Seminario de Antioquia una cátedra de Jurisprudencia de más de la que existe, y otra de medicina y se nombra para servir a la primera al Dr. Juan A. Pardo y para la segunda al Dr. José María Martínez Pardo, que por sus grados universitarios deben tener las cualidades correspondientes para desempeñar dichas cátedras, debiendo ellos cumplir gratuitamente, como lo han ofrecido, con todas las obligaciones de tales catedráticos”.

Es por ende, el Dr. José María Martínez Pardo, el primero que enseña medicina en Antioquia y Santa Fe de Antioquia, recibe, el primero en el departamento este honor y delicadeza del gobierno nacional, gracias las gestiones de los bienhechores José Antonio Pardo y a nuestro sabio José María Martínez Pardo.

Según la tradicional oral José María Martínez al salir para la ciudad de Bogotá a estudiar recibe la recomendación severa de su abuelo: “Ve y estudia medicina y cuando regreses ofrece tus servicios gratuitamente a todos, especialmente a los pobres. Y a eso dedicó su vida el médico de todos: no cobraba ni a los ricos ni a los pobres, no cobró por sus servicios en la cátedra de medicina, ni por sus servicios al seminario como vicerrector y rector, único laico en estas lides, ni mucho menos cobró por sus servicios a la diócesis como secretario y notario episcopal.

Como médico integral, no solo cuidaba el cuerpo sino también el alma, como conocedor de la ciencia y amante de su ciudad buscaba la manera de propiciar el mejor de los ambientes para los santafereños, como lo demuestran su vida diaria y sus numerosos artículos en beneficio de la salud de los Antioqueños.

Su preocupación, como sus conocimientos, eran vastos. Estaba pendiente del clima y mantenía informado al público sobre sus variaciones: por ejemplo en 1885: En enero no llovió, en febrero llueve 8 milímetros, en marzo 9 milímetros, en abril 159 milímetros, en mayo 125 milímetros, en junio 63 milímetros, en julio 50 milímetros, en agosto 94 milímetros, en septiembre 75 milímetros2. Se preocupa por las plagas que llegan a la ciudad, como la temible langosta, voraz insecto desconocido en la región, y que llega en 1815, al mismo tiempo que llegan los españoles pacificadores (Dice José María Martínez).

En 1825 vuelve a aparecer, con una duración de unos dos años, y reaparece en 1878, apenas terminada la guerra civil en este estado3 Por estas mismas fechas, a comienzos de mayo 1885, apareció una epidemia en la comunidad, manifestada en una diarrea, acompañada de fiebres, sin que médicamente produjera algunos temores. En junio sigue la misma enfermedad.

En noviembre empeora la situación, ya se acompañaba de vómitos continuos que duraban muchas horas. Esto se prolongaba por 24 a 36 horas. Por corta que fuera la enfermedad se notaba en la pérdida de fuerzas, el enflaquecimiento y demacración del paciente. La enfermedad se denominó Colorín, pero el pueblo la llamaba Regeneración (por las cuestiones políticas del momento). Fueron pocas las personas que murieron por esta enfermedad. La enfermedad se daba en personas de 39 a 60 años…Epidemia que se estaba presentando en toda la nación.

En Bogotá la llamaban “cólera nostras”4 El mismo José maría Martínez Pardo constata en 1886 que en las calles de la ciudad hay limpieza, a excepción del mal que causan los marranos.

Como medida higiénica, pide nuestro sabio, para la vista convendrá no emplear una cal de tanta blancura como la que se acostumbra…Por eso es que se sufre con frecuencia de oftalmia. En el ornato se ve hermoseada la plaza de la catedral en sus cuatro lados con corpulentos mangos, dando fruto casi todo el año y más en abundancia en las dos cosechas anuales. Al lado sur, que da frente a la Iglesia, presenta bien alineados una serie de palmas llamada barrigonas o de cuba.

En otros lados se hayan entreverados los mangos con los mamoncillos, el bienmesabe y el más gracioso ateé. También se haya adornada la pequeña plaza de Chiquinquirá: en un lado palmas barrigonas, de bastante elevación. En el otro lado hay 8 árboles de mangos. Al oriente del templo hay un hermoso mamoncillo y un mamey. En las plazas de Jesús y Santa Bárbara hay también palmas. Entre los adornos que embellecen la ciudad están los sitios arreglados para los paseos públicos. Un lugar de paseo era la glorieta: que era el paseo frecuente de caballeros y señoras. Vino la guerra de independencia y los paseos se acabaron. El Gobernador Sánchez Lima restauró la glorieta, formando un anfiteatro, embaldosado en su centro, con un potril de cal y canto en la misma mitad de la circunferencia del recinto, sirviendo de asiento a los concurrentes5

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2 El Monitor, 2 de octubre de 1885, No. 7, Serie I, pág. 55. 3 Ibidem, 1 de Noviembre de 1885, No. 9 Serie I, Páginas 70-71. 4 Ibidem, Diciembre de 1885, No. 12, serie I, página 94-95

Pero no se queja solo constatando esta realidad, sino que quiere un mejor ambiente para sus coterráneos con ideas claras y necesarias para ese tiempo y aún para este siglo XXI:

a) El uso del abanico Se ignora el uso de este mueble señorial tan en uso en nuestra tierra. El abanico, un verdadero ventilador, según la etimología francesa. Como medio higiénico debería ser de uso general en donde se aglomera una multitud de personas, en las funciones religiosas, en los bailes, etc.

Se sabe que el aire se vicia o pierde su cualidad que lo hace propio para la importante función de la respiración, tanto el que sale de los pulmones en la expiración, como el que se combina con el gas, producto de la exhalación cutánea; si entra nuevamente a los pulmones, obran como venenos… La conservación de la salud exige que se renueve el aire del rededor de cada persona, y el medio más sencillo, más cómodo y a quien nadie molesta para conseguirlo, es el de la ventilación con el abanico. Vuelva, pues, clama Martínez Pardo, su uso. Es un reclamo saludable6.

b) Un ejemplo claro de su accionar en bien de la salud pública es su oposición, con fuerza y con argumentos, a la instalación de una Lazareto o Leprosorio en San Nicolás7

La ley 104 del 20 de diciembre de 1890 señalaba, con visto bueno de la Academia de Medicina de Medellín, el pueblo de San Nicolás, Corregimiento de Sopetrán, como el sitio más adecuado para establecer el lazareto. José maría Martínez Pardo se opone por patriotismo y sentimiento humanitario. Pues éste no previene la propagación de la lepra, y trae contagio a estos pueblos donde no se conoce la elefantiasis y causará graves perjuicios a las pocas industrias de sus habitantes. Las razones que expone son las siguientes:

– San Nicolás está situado en el centro de una región toda ella poblada y distante mucho menos de un  miriámetro de la ciudad de Antioquia.

– El pueblo de San Nicolás es un crucero de caminos, que de esta ciudad conducen a Ebéjico, Anzá, San Jerónimo, a la haciendas de Vallenejnelo, la culebra, Llano Grande, el Altico, Remolino.

– Con motivo de las crecientes del cauca, el paso del río en sus fuertes avenidas se hace por frente a San Nicolás, que es el menos peligroso, y por ahí es por donde lo atraviesan todos en la época de invierno, incluso los que van a Sopetrán.

– En el trayecto que media entre San Nicolás y el paso Real o Tonusco, no hay más río que este, y los muchos habitantes de la región del cauca en esa zona, no tienen otra agua para su uso que la de este río…

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5 Ibidem 15 de abril de 1886, No. 19, Serie II, páginas 150-151. 6 Ibidem 15 de marzo de 1886, No. 17, Serie II, pág. 135. 7 Ibidem, Antioquia, 15 de mayo de 1891, No. 13, Serie XII, Año VI, páginas 446-447.

Martínez Pardo solicita a la academia se revoque esta resolución. A lo que responde, también con algunos argumentos, no muy satisfactorios, el Doctor Manuel Uribe Ángel en abril de 1891, como presidente de la Academia de Ciencias de Medellín…José María Martínez de nuevo empuña su pluma, y con argumentos científicos y sociales da otras razones de la inconveniencia de este lazareto en la zona. Al poco tiempo entrega su alma a Dios, y su palabra y pluma debió haber servido, pues en san Nicolás no se organizó el lazareto que determinaba la ley 104 del 20 de diciembre de 1890. c) Para un mejor ambiente necesitamos buena calidad en el agua que consumimos.

El agua, como el aire, es indispensable para la vida8. Los primeros pobladores de nuestro país no tuvieron en cuenta que es una de las primeras condiciones que se requieren para la prosperidad de las agrupaciones que con el tiempo serán ciudades. Si algunas de nuestras ciudades se hayan en esta condición favorable, ha sido efecto de mera casualidad, más no de un plan meditado. Medellín tiene buena agua y Antioquia, pero Rionegro? Hay que tener precaución para el empleo del agua como bebida: no usarla en el mismo día de ser cogida; debe dejarse 2 o 3 días de reposo y en sitios bien ventilados, particularmente en climas cálidos. Para esto conviene tener más de una tinaja para que se alterne en el consumo del agua… No está por demás la recomendación del aseo en las vasijas en las que se conserva el agua. Los vasos de plomo, cobre y zinc no deben usarme particularmente en climas cálidos. Ellos son siempre peligrosos.  d) Los huevos Martínez Pardo se consagra a una ciencia práctica, y por eso sus recomendaciones, además de ser muy útiles, eran muy propias del hogar. Como por ejemplo como consumir un huevo para tener una buena salud9.

Los huevos deben emplearse frescos, y para conocer este estado se observa si llena la cáscara, sin burbujas de aire en el interior, y para descubrir esto se coloca frente al ojo mirando a la luz. Al contrario, el huevo ya viejo presenta un vacío más o menos considerablemente en la punta. El huevo pierde por la evaporación del agua 3 a 4 centígramos por día; disminuye de densidad, y esta pérdida se comprueba, poniéndolo en el agua que contenga en disolución 123 gramos de sal marina por filtro; si el huevo es del día va al fondo del vaso; si es de la víspera no va al fondo; si es de muchos días se ve flotar en la superficie. El medio más económico para la conservación de los huevos, es colocarlos, acabados de poner, en agua de cal, colocándolos en un lugar fresco. e) Las enfermedades del ganado vacuno10 Para los campesinos y ganaderos de la época escribió 19 artículos sobre las enfermedades del ganado vacuno, siguiendo la obra de Félix Villero “Las enfermedades del ganado vacuno”, que durante más de un año salieron publicadas en el periódico diocesano el Monitor, publicadas desde el 1 de agosto de 1885 hasta el 1 de octubre de 1886.

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8 Ibidem Antioquia, 1 de febrero de 1886, No. 14, Serie II, páginas 117-118) 9 El Monitor, Antioquia 1 de agosto de 1885, No. 3, Serie II, pág. 24. 10 El Monitor desde el No. 7 hasta el No. 30, en 19 entregas. Desde el 1 de agosto de 1885 hasta el 1 de octubre de 1886.

Se lamenta Martínez Pardo de la desaparición de algunas aves11, diciendo: “en nuestra niñez fuimos afectos a la casería, la hacíamos con la bodoquera, que daba muerte a los pájaros para probar habilidad. En la juventud se cambio de arma y se toma la escopeta y ya los tiros son en vistas a la utilidad: alimento y animales perjudiciales.

Hoy (1 de agosto de 1886) es inútil llevar armas de casería: se observa la falta de aves o pájaros. No se sabe la causa de estas desapariciones. La causa puede ser la influencia, no conocida, que tiene atrás viene causando la muerte de las aves de corral, o sea domésticas: gallinas, patos, pavos, que en una noche perecen, sin anuncio, muchos de esos animales. El mal calma por algún tiempo, pero no ha cesado.

Lo relativo a la no aparición de los insectos, es de reciente hecho. Las chicharras, que desde los últimos días de diciembre hasta fines de marzo atronaban en todo el valle con su lúgubre y molesto canto, así como los reverines con su agudo y penetrante chillido, empezaron a faltar desde que principió la destrucción de los cacaotales…Ya no se oyen esos ruidos”.

Por eso hay que cuidar los árboles12, no solo los que producen fruto sino también los silvestres, los que se les mira como inútiles, pero es mucha la utilidad que recibimos de ellos, como la madera que produce, que tiene muchos usos y utilidades, el oxígeno que producen los bosques, el fuego que es necesario para el sostén del hogar “el fogón no puede estar apagado un solo día”.

Por eso Martínez Pardo dice que “la existencia del hombre se haya en dependencia del monte que forma los bosques”. Martínez Pardo lamenta la desaparición de dos cultivos, que eran ancestrales en las tierras Santafereñas: el cacao y la vid. El Cacao13 empezó a desaparecer con la peste de 1851 en que destruye casi en su totalidad todas las plantaciones en el estado. La epidemia dura unos 30 años. Y ahora en 1886 ya sen acabado las plantaciones. La peste empezó en los cacaotales del lado oriental del cauca, lo que se llamó la “mancha”, que era la implantación en el fruto, en todos sus estados, de un hongo, que dañaba dicho fruto.

Después de la “mancha” apareció la “seca” de los árboles, que dio con la muerte de ellos. Otro cultivo que era tradicional en la casas era la vid14. Dice Martínez Pardo que hasta la mitad del siglo (estamos en 1890), casi no había patios de las casas del lugar en donde no se viera una parra, produciendo hermosos y abundantes racimos; no se logró hacer vino, pues los que lo intentaron, sin duda por falta de experiencia y de aparatos adecuados únicamente lograron un excelente vinagre.

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11 Ibidem 15 de agosto de 1886, No. 27, Pág. 225. 12 Ibidem 15 de marzo de 1886, No. 17, Serie ii, páginas 133-134. 13 Ibidem, 15 de julio de 1886, No. 25, Serie III, páginas 198-198. 14 Ibidem Antioquia 15 de junio de 1890. No. 102, Serie IX, Año V, páginas 354-355.

Desde principios del año 1860 la vid sufrió una enfermedad, que dio muerte a todas las plantas, sucediendo lo mismo en Liborina y en Medellín. Se vuelve ya a nuevas siembras. Nota importante: en el campo, fuera de los patios de la población, no “logramos, ni lograron otros que lo intentaron, obtener fruto de la parra. Junto a la desaparición de estos dos cultivos está la desaparición de un remedio para curar los problemas de la piel, el carácter y las úlceras: la Jagua15. En algunos pueblos del occidente se hacía a mitad del siglo XIX la curación de enfermedades de la piel, el carácter y las úlceras con el tratamiento mercurial con solisman con unción de todo el cuerpo con la sal mercurial disuelta en el jugo de una fruta llamada Jagua, producto de un árbol corpulento, semejante al níspero.

Los indígenas del distrito de Cañasgordas aplicaban el jugo de de la Jagua para curar el carácter. Preparada la unción, el paciente se disponía para recibirla con un baño tibio, y al día siguiente de este se le aplicaba a todo el cuerpo, sin exceptuar la cara: quedaba con un color de negro intenso, en encierro completo y sujeto a una dieta rigurosa: nada ácido ni picante, carne asada sin condimentos, nada de leche y huevos…por 40 días que duraba el tratamiento. Cumplidos los 40 días el paciente se bañaba y se quitaba ese tinte negro, pues la curación se daba por terminada. Y la fe que se tenía en la Jagua era general, y aún con el peligro del mercurio en las unciones, la cantidad de sal tóxica que entra en el organismo, jamás se tuvo caso funesto.

Quiero terminar estas consideraciones con una anotación de nuestro sabio, que no solo es una anotación sino un convencimiento en su vida: al escribir varios artículos sobre la vida del seminario de Antioquia16 dice que éste tiene una alta misión:

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15 Monitor, 15 de mayo de 1887, No. 43, Serie IV, páginas 352-353. 16 Ibidem 1 de marzo de 1889, No. 85, Serie VIII, Año IV, páginas 224-225

la formación de los directores de los pueblos en la parte más importante por el buen orden de la sociedad, y como consecuencia de la instrucción religiosa…sobre todo como cura, rector y maestro de la parroquia.. Y como vicerector y rector muchos años sabe de las necesidades de la vida sacerdotal y del bien en la sociedad por eso manifiesta: “nuestro propósito es manifestar la necesidad que hay para que en el seminario se establezca permanentemente la enseñanza de las dos ramas de las ciencias naturales: zoología y geología.

Son los individuos del clero los llamados para sostener la verdad en la lucha continua contra la religión, y es de los seminarios de donde deben salir los que han de sostener la verdad”…Lástima que nunca se le hizo caso y ahora menos.. Termino con esta prosa en honor a este sabio, del que Antioquia está en mora de reconocer sus servicios y su ejemplo para todos los ciudadanos:

Al Dr. JOSÉ MARIA MARTINEZ PARDO.  En su muerte

Llora Antioquia querida, llora Antioquia Enluta con ciprés tu corazón, Porque el astro más bello de tu cielo Sus luces ya en el ocaso hundió.

Y nunca más en tu horizonte vasto A brillar volverá su resplandor, Que a otro mundo distante, como el hijo De densa y alta tempestad pasó.

Dejó solo la estela luminosa De su curso en el vívido arrebol Y ya oculto el fanal aun recibes Con su memoria tu mejor honor.

Escúchame, Doctor; si en esos mundos Puede oírse vibrar la humana voz; Si allí pueden llegar de los mortales Los acentos sentidos de su amor.

Cual las nubes que se alzan de los valles A los rayos suavísimos del sol Así irán hacia ti las bendiciones Hoy de todo antioqueño corazón.

Árbol hermoso, tus esbeltas copas No dan ya sombra en nuestros campos, no; De ciencia arroyo, tus azules aguas Han quedado tornadas en vapor.

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Cosmopolita del saber, oh, dime Por qué concluyes tus jornadas hoy? Ilustre jardinero de las ciencias Porqué abandonas tu habitual labor?

Cumpliste tu misión en este mundo; Tu vida tenía fin: todo pasó, Ráfaga pura que al cruzar el valle Dejó esparcido inestimable olor.

Que tu alma pura de color de armiño Irradie dicha y venturanza en sión, Y que tus manes nos inspiren siempre Para esta Antioquia inextinguible amor. (Julio 10 de 1892). J. M. Aguilar

EL TRABAJO Y LA POBREZA

“Si todos los hombres trabajarán cuatro horas al día la pobreza sería desconocida en el mundo. Y el dicho “el tiempo es oro” debe entenderse si ese tiempo se emplea en el trabajo; y la cuestión de pobres y ricos, casi no es otra que de la holgazanería y la del empleo del tiempo.

En todos los lugares sean pueblos pequeños o grandes ciudades, el trabajo productivo no falta, las ganancias se hayan en relación con las necesidades que imponen las condiciones en que se vive, y puede decirse que pobreza y riqueza son relativas..” Ultimo trabajo, que no pudo publicar, pero que dejó terminado. (Instructor de Antioquia, Serie I, Año I, No. 4, Antioquia 15 de agosto de 1892, pág. 28).

Genaro de J. Moreno Piedrahíta Pbro. Santa Fe de Antioquia 2008.