Quiero referirme a ciertos comentarios que hace años eran parte de la conversación en la Ciudad y que por no haber quedado en archivos oficiales, tienden a perderse en el tiempo. Desde luego que deben tener mucho de fantasía, pero personalmente creo que vale la pena que los jóvenes se enteren acerca de cómo vivíamos,  pensábamos y tertuliábamos en otros tiempos. Poco sabemos, por ejemplo, de la llegada del primer carro a la Ciudad a lomo de mula por allá en 1923; de la luz eléctrica que fue inaugurada el 24 de diciembre de 1913 y así, de tantas cosas por el estilo que han ocurrido y han pasado al olvido. No faltarán versiones distintas, pero yo las expongo más o menos como las escuché.

LA LLEGADA DEL PRIMER AVIÓN

 

El primer avión llegó a la Ciudad de Antioquia a comienzos de la década de los años veinte del siglo pasado, creo que fue en 1921 o 1922.  Un día, como a las cuatro de la tarde, los habitantes de la vereda El Tunal, oyeron un extraño ruido por el aire. Todos se asustaron mucho y algunos salían a ver lo que ocurría mientras otros se escondían debajo de las camas. Los que salieron a mirar, observaron por el aire un aparato  que venía Cauca arriba y después se dieron cuenta que era un vehículo llamado hidroavión y que había acuatizado en las playas de la llamada finca La Isla.

Las gentes de la ciudad también se confundieron mucho, rezaban  y algunas pensaban que era el fin del mundo. Luego llegó la noticia de que el aparato estaba en las aguas del Cauca, en la Isla, y que allí había un hombre que hablaba muy raro y entonces salió la muchedumbre hacia ese sitio y más tarde llevaron como traductor, algunos dicen que en silleta, a don Sacramento Osorio, hombre políglota, quien dicho sea de paso, nunca salió de Antioquia y que al preguntársele cuándo pensaba conocer a Medellín, respondía que cuando lo terminaran.

Este señor, al hablar con el aviador, se dio cuenta que era alemán. Igualmente se enteró que venía de Barranquilla y que continuaría su viaje a Cali siguiendo la ruta del río y que luego regresaría a Barranquilla.

Pues bien, al ilustre visitante lo trajeron a la Ciudad y lo alojaron en una de las mejores casas, prepararon banquete en su honor y la encargada de pronunciar el discurso en ese acto  fue la señorita Sofía Londoño del Corral, en esa época joven y bella.

No sé a los cuántos días el aviador tomó nuevamente su hidroavión, vino y le dio varias vueltas a la Ciudad en señal de despedida y gratitud y siguió su viaje.

En las fiestas de los diablitos de ese año, uno de los bundes  cantó los siguientes  versos, teniendo en cuenta que las gentes no sabían decir hidroavión sino ño ilarión y que su recorrido era de Barranquilla a Cali y viceversa: “Allá viene ño ilarón/ a caer al puntiadero/ porque no podían decir/ ese nombre tan ligero. De Barranquilla a Cali/ esa era su jornada/ adiós catedral de Antioquia/ esperame a la bajada”.

Se comentó que el aviador de nombre Won Knohn falleció en accidente que sufrió en el mismo hidroavión, sin que  pueda precisarse lugar y fecha.

EL GRITÓN DE JUAN BLANCO

 

Es una leyenda o cuento bien inventado por nuestros antepasados, comentario que era de usanza en las horas de la noche. Este cuento conservó sus efectos miedosos hasta l973 cuando llegó la energía eléctrica a la ciudad, porque, ciertamente antes la había, pero demasiado deficiente, un bombillo casi no alumbraba nada.

El cuento del Gritón de Juan Blanco nos fascinaba y la noche en que lo contaban teníamos que dormir entre las costillas de la mamá. Reunidos en modesta vivienda, llegaba uno de esos viejos amigos y se ponía a hacer ciertos comentarios de la vida cotidiana. El tiempo pasaba y la noche se hacía más tenebrosa.

Comenzaba la bombilla a rebajar su poca luz hasta quedar todo en la oscuridad. Ahí decía el viejo: – En estos días, en medio de la tempestad que hubo, oyeron el Gritón de Juan Blanco. Luego entraba a contar que Juan Blanco era un hombre muy rico que había venido  de la Ciudad de Honda; era dueño de la finca que queda en la margen derecha del Tonusco y que lleva su nombre. Ese Juan Blanco tenía en su finca ganado vacuno y un perro grande que llamaba Pañuelo, al que quería mucho por ser su único y fiel compañero. No le mencionaban familia.

Su diversión consistía en hacer que sus trabajadores le quitaran la piel a una res viva y luego le soltaba el perro para que mordiera sus carnes y le sacara los bocados que quisiera. Cuando los animales en su loca carrera se alejaban de la casa, llamaba a su perro: ¡Pañueelo! ¡Pañueelo! El animal regresaba y esta era la satisfacción de su amo.

Cuando murió Juan Blanco, se quedó penando por la reiterada maldad que había cometido y por eso en ciertas horas de la noche o al amanecer se oía su alma en penas llamar a su cómplice Pañuelo. La cuestión, para mí, era muy sencilla y le doy una explicación que no sé si será la acertada: Estábamos en una época en que, como lo anoté antes, no había buena energía eléctrica, se hablaba mucho de las ánimas y demás espantos.

En invierno, el río Tonusco crecía mucho y el ruido de las piedras que arrastraban sus aguas se oía hasta en el Llano de Bolívar. La gente sugestionada con lo del grito de Juan Blanco, les parecía oír, en el ruido que se producía en el río, la voz del difunto que decía ¡Pañueelo!, y aseguraban haber oído al célebre Gritón de Juan Blanco.

ALGO SOBRE EL TÚNEL DE JUAN BLANCO

Para el año de 1930 la finca Juan Blanco era propiedad de don Pedro Antonio Flórez, hombre visionario y emprendedor, quien se inquietaba porque detrás de una colina le quedaba una extensión considerable de tierra seca y quería hacerla productiva con el agua. Como le fue difícil bajar el talud para pasar una acequia, no tuvo otra alternativa que pensar en hacer un túnel de más o menos media cuadra de largo.

No había en la ciudad  quién se encargara de esta clase de trabajos, por lo que trajo de Frontino o Cañasgordas un experto en explorar minas de apellido Botero, para que perforara el terreno. Se desconoce su nombre y las condiciones del trato, tales como tiempo en que se realizaría la obra, precio y forma de pago. Lo cierto es que el túnel se hizo en arco de medio punto y piso de ladrillos cocidos que se trabajaban en el tejar de la misma finca. Pero una vez construido, sobrevinieron problemas que su dueño no previó, como fueron:

1°) la acequia que prestaba sus servicios a la finca y servía para anegar en la vereda El Espinal, de la que se llevaría el agua para el túnel, no tenía capacidad para este nuevo servicio.

2°) Los propietarios de las fincas La Guacamaya y otra del lado de arriba de Juan Blanco, por donde era preciso tomar el líquido del Tonusco, no daban permiso para hacer una nueva servidumbre de agua. Así las cosas, Don Pedro Antonio tuvo que comprar esas fincas, construir la acequia, constituir por escritura pública la servidumbre de aguas  y luego venderlas, pues no era su interés aumentar sus tierras.

3°) Una vez llegara el agua al terreno, sobraría cierta cantidad y como el dueño del predio siguiente que quedaba más abajo se había negado a colaborar con los gastos del túnel, el Sr. Flórez, tampoco quería beneficiarlo con el agua, así que organizó una laguna dentro de sus propios terrenos para retener el sobrante. Debido a tantos inconvenientes, el túnel sólo entró en servicio en l936. En su entrada colocó una imagen de la Virgen del Carmen, de la que era muy devoto. (Información de Doña Ana Acevedo de Flórez y Pedro Elkin Florez Acevedo).

POR QUÉ HABLAMOS CON ACENTO COSTEÑO.

Este es un tema que inquieta a propios y a extraños y que muchos de los de Santa Fe de Antioquia no sabemos explicar. Resumiendo un poco, digamos que muchos, por no decir todos, hablamos como los de la costa. La razón es muy sencilla: las grandes ferias de esclavos traídos del África en tiempos de la conquista y la colonia, se hacían en Cartagena, que era el lugar de llegada al territorio de Nueva Granada, Mompox, Antioquia y Popayán.

Entonces, en nuestra ciudad quedaron muchos negros esclavos que habían sido traídos del África y hablaban con ese acento, hasta el punto que su número sobrepasó en mucho a los llamados blancos o libres, los que en alguna forma también se contaminaron del sonsonete o tono de la voz, según lo anota bellamente el Dr. Fernando Gómez Martínez en su libro “Recuerdos”, página 18, en los siguientes términos: “Así mismo era motivo de chacota nuestra manera de hablar, con cierto sonsonete, o acento, o cantico –no sé cómo decirlo mejor – que no se tenía en otras partes, y sobre todo por la supresión de las eses finales o su conversión en jotas al modo costeño”. “Esa manera de hablar, nunca peor que el sonsonete antioqueño reconocido en el resto del departamento, constituye un fenómeno digno de estudio.

Porque Santa Fe de Antioquia forma una isla en este respecto. Muchas veces en mis viajes, se me preguntó si yo era costeño, porque no se me descubría el acento antioqueño general”.

En fin, el tiempo ha pasado y la forma de hablar persiste. En Goyás, que es una vereda muy cercana a la ciudad, y de la que vale la pena recordar que a principios del siglo pasado tuvo Inspector de Policía toda vez que su población era numerosa, se concentró gran número de estas personas, la mayoría negros, altos y acorpados.

Hablaban con el acento africano y cantadito o como le decimos costeño. Ciertamente no pronunciaban la s sino la j, por lo que decían: Vamoj pa Tonujco hacé cambúu y a comée cocaa  ej cocooo? , con lo cual nos gozaban las personas de otras partes del Departamento. A regiones como la del oriente, no llegaron los negros del África, porque en esa parte no había minas de oro para explotar y al negro se le traía para que sirviera en esta clase de trabajos. En Santa Fe de Antioquia se hizo numeroso tal asentamiento, porque tenía muy cerca la mina de oro de Buriticá

EL CINE MUDO.

Me contó Don Bernardo Martínez Villa que en  la segunda década del siglo XX, (entre 1910 y 1920), llegó a la ciudad de Antioquia el cine mudo. Hombres apodados como Malpago, Guagüita y Juan Manuel Quijada, eran contratados para viajar a pié a Medellín por las películas. Salían muy de madrugada y se gastaban un día para ir y otro para regresar. La Casa Negra tenía dos patios, con sus respectivas puertas, divididos por una pared de tapias y tejas.

La presentación de la cinta se hacía  sobre un telón grande transparente que se colocaba encima de la pared divisoria. Para amenizar el acto, se contrataba la banda de música, la que se situaba en el corredor, cerca al telón y de acuerdo con el argumento de la película, los músicos ejecutaban ciertas piezas como la polca,  la danza, una marcha o un vals, etc. Sobre el telón los personajes se les veía hablar y gesticular, pero mudos, por lo que en la parte inferior aparecía escrito lo que decían.

Para ver la película sentado, había que llevar taburete. Se formaron dos clases de espectadores: los que se colocaban en el patio de adelante que leían en forma normal de izquierda a derecha y pagaban diez centavos y los que se ubicaban en el patio trasero que tenían que leer al contrario, de derecha a izquierda y pagaban cinco centavos.

Más adelante, se creció la pared al tamaño del telón y hasta ahí llegaron los espectadores de cinco centavos. Para ese tiempo el camino a Medellín tenía la siguiente ruta: Antioquia, Puente de Occidente, Sopetrán, San Jerónimo, Subida del Tigre, Llanos de Oveja, Bello, Medellín. Más largo que cuando era por el Paso Real, San Jerónimo, Loma del Tigre, etc., pero se seguía esa ruta porque ya estaba en servicio el Puente de Occidente.

El cine gratis llegó en la mitad del siglo XX (1950) ya con sonido incorporado. Coltejer, para promocionar sus artículos, presentaba este espectáculo en el Parque de Monseñor Toro, sobre la pared de lo que hoy es el Almacén Suyo o sobre cualquiera otra del marco de la plaza.

El cine con sonido incorporado llegó, según me lo contó Julio Duque, en l932. Fue todo un acontecimiento que se presentó en el edificio donde hoy funciona el Hotel Caserón Plaza y que en ese entonces se llamaba El Hotel Miramar. La primera película la trajo el Sr. Nemesio Arroyave, era mexicana y se titulaba “A la memoria del muerto”.

EL CAFÉ BOLÍVAR Y EL FERROCARRIL DE URABÁ. 

Situada en la parte sur oriental  del Llano de Bolívar, al finalizar la subida conocida como de La Virgencita o del Liceo San Luís Gonzaga, se encuentra una construcción de tapias y tejas, corredores en redondo, con pisos de ladrillo, conocida como El Café Bolívar.  Para 1913 se comenzó a construir el Ferrocarril de Urabá que según el trazado de los ingenieros, salía de Medellín y subía hasta Bolombolo y luego bajaba por la margen izquierda del río Cauca, pasaba muy cerca de la Ciudad de Antioquia, no sin antes subir por la margen derecha del Río Tonusco hasta El Salto y bajar para pasar bordeando El Llano, y más abajo de Peque cruzaba la cordillera y continuaba a Turbo.

Se iniciaron las obras instalando rieles y es lo cierto que el tren llegó hasta el Municipio de Anzá, al sitio llamado Niverengo. El señor Nemesio Arroyave (Urraeño), se dio cuenta que la estación Antioquia iba a quedar en el sector del  Llano, por lo que en el sitio indicado por los ingenieros de la obra, construyó la vieja casona que en otros tiempos se llamaba el Café Bolívar, para que sirviera de estación y atender el gran negocio de venta de comestibles que se veía venir.

En ese mismo año, 1913, se comenzó en la Asamblea de Antioquia a discutir el proyecto de la carretera al Mar, la que se consideraba de más conveniencia y entonces se desistió del  Ferrocarril de Urabá, con lo que se vino a menos todo lo que se había proyectado.

Para el alumbrado eléctrico, el Sr. Arroyave trajo allí el primer motor que funcionaba con gasolina. Aun se conserva la construcción, la que fue vivienda de ciertas familias de la Ciudad que la ocupaban por meses para temperar o para pasar la luna de miel.

Aquí nació nuestro querido amigo Nelson Cano Sepúlveda, hijo primogénito de don Samuel de J. Cano y de doña Ligia Sepúlveda de Cano. Más adelante sirvió como establecimiento abierto al público con los nombres, primero de Pénjamo y luego de Café Bolívar.

EL LLANO DE BOLIVAR.

Este hermoso sector, cuya tierra árida contenía gran cantidad de piedras volcánicas, era llamado por los españoles Llano Alto, dado que es como el tercer piso de la Ciudad. A principios del siglo XX era prácticamente deshabitado, pues sólo contaba con unas pocas viviendas de techo de iraca. Era todo terrenos ejidos o del común, que arrendaba el Municipio a un señor Segundo Urrego por cinco pesos anuales, para pastar ganados, según lo leí en Acuerdos del archivo municipal de 1913. No sé si fue en la década del treinta o del cuarenta, cuando la Administración Municipal quiso legalizar, por medio de venta, los lotes con viviendas, pero la gente no tenía dinero para comprar.

En una reunión que hicieron en la esquina conocida como La Cumbre, el Sr. Isaías Mendosa, dueño de dos tejares y de grandes extensiones de tierra en esa parte, tomó la palabra y dijo que el Llano lo había dejado Bolívar para los pobres, que ese llano era de Bolívar y que por lo tanto no tenían que pagar por los terrenos que poseían.

De ahí le nació el nombre de Llano de Bolívar. En esta parte, a un lado de la carretera que conduce al Puente de Occidente, se encuentra la llamada Cruz del Llano, que recuerda el duelo a muerte que llevaron a término los españoles Gaspar de Rodas y Francisco Moreno de León en una mañana del segundo semestre de 1562, del que salió Rodas herido y Moreno de León muerto. Por ser un mojón de nuestra historia, debería tener un especial monumento con una placa recordatoria de tal acontecimiento y llamarse LA CRUZ DEL DUELO.

Dejó así expuestas estas historietas por si los encargados de publicar la revista del Centro de Historia las consideran aceptables, las incluyan en el número próximo a salir o en cualquier otro.

Medellín, noviembre 10 del 2007. – SAMUEL AGUINAGA A.