“La cultura no se vende, se regala”

Por: Samuel E. Aguinaga Alcaraz

Es una leyenda bien inventada por los antepasados, comentario que era de usanza en las horas de la noche cuando causaba más miedo entre los contertulios. Conservó sus efectos inquietantes porque nos llenaba la imaginación de algo del otro mundo hasta l973, año en que llegó a la Ciudad de Antioquia la luz eléctrica de las Empresas Públicas de Medellín, porque, ciertamente antes la había, pero demasiado deficiente. El cuento del Gritón de Juan Blanco nos fascinaba y la noche en que lo contaban teníamos que dormir entre las costillas de la mamá. Reunidos en modesta vivienda, llegaba uno de esos viejos amigos y hacía algunos comentarios de la vida cotidiana. El tiempo iba pasando y la negra noche se hacía más tenebrosa. De pronto comenzaban las bombillas a rebajar la poca luz que daban hasta que al fin todo quedaba en la absoluta oscuridad. Tanteando se buscaba la caja de fósforos, la que normalmente no estaba en el punto donde se le había dejado, se prendía uno que muchas veces era el último y si el viento lo apagaba, quedábamos jodidos, si duraba un poco se encendía la vela o la lámpara de petróleo.Continuaba la conversación y ahí decía el viejo: – En estos días, en medio de la tempestad que hubo con truenos y relámpagos, oímos varias veces al Gritón de Juan Blanco. Lo oímos los que vivimos por aquí en esta falda del Llano y los de la Barranca todavía más. Luego entraba a contar: – Juan Blanco era un hombre muy rico que vino de la ciudad de Honda; era dueño de la finca que queda en la margen derecha del Tonusco, a todo el frente de la Ciudad, desde donde se oyen clarito el reloj y las campanas de la Catedral, finca que hoy lleva su nombre y que pertenece a varios dueños. Ese Señor Juan Blanco tenía en su finca bastante ganado vacuno y un perro grande y negro que llamaba Pañuelo, al que quería mucho por ser su único compañero. No le mencionan esposa ni hijos, parece que era un hombre sin familia, por lo que parte de su dinero lo donaba a los templos. Decían que su única diversión la obtenía en ciertas fechas como el 24 de diciembre, cuando cumplía años, etc., que ordenaba a sus trabajadores despellejar viva una res y la soltaba para que desesperada por el ardor y el dolor saliera corriendo por toda esa falda y luego le dejaba ir el perro hambriento para que mordiera sus carnes y le sacara los bocados que quisiera. Cuando el animal, por ir corriendo detrás de su presa se alejaba mucho de la casa, lo llamaba a toda voz por su nombre: ¡Pañueelo! ¡Pañueelo! El perro regresaba con su hocico y buena parte de su cuerpo sucio de sangre y esta era la mayor alegría de su amo. Según se dice, cuando murió, el alma de este señor se quedó penando por la reiterada maldad que en vida había cometido y por eso en ciertas horas de la noche o al amanecer se oye su voz cuando por el aire y en medio de la tempestad llama a su perro Pañuelo. Para este momento ya uno estaba que se mojaba agarrado de la mamá y el desconsiderado viejo seguía hablando y mencionando todo cuanto espanto se le venía a la cabeza. Para mí, y ya con mis años encima, la cuestión es muy sencilla y le doy una explicación que no sé si será la acertada: Estábamos en una época en que, como lo anoté antes, no había en la Ciudad buena luz eléctrica, se hablaba mucho de las ánimas en penas que andaban por el aire a medio metro del piso por las calles como de la Amargura y otras y por callejones como el de la Calabaza y el Gallinazo, etc., del Anima Sola, de la Mula Enfrenada, del Carro Malo y demás… En invierno, el río Tonusco crecía mucho y el ruido de sus aguas correntosas y abundantes y el de las piedras que arrastraban se oía hasta en el Llano de Bolívar. En esas noches de invierno era tan espantoso el miedo, que en ciertas casas como en la mía, llamaban a los niños para que rezáramos en voz alta, porque según decían, los malos espíritus se ahuyentaban al oír las súplicas de los inocentes. Yo, que he creído desde mis primeros años en todo lo que es absolutamente increíble, gozaba al saber que había algo que hacía correr a los poderosos de otros mundos. La gente sugestionada con los comentarios sobre el origen de ese grito en el aire, les parecía oír en el ruido que se producía en el lecho del río, la voz del condenado Juan Blanco llamando a su perro ¡Pañueeelo…!
Posiblemente hay otras versiones, pero yo he expuesto la anterior como la contaban en mis lejanos tiempos. De todas maneras recuerde, amable lector, que cuento es cuento y que no debemos comer cuento.

ALGO SOBRE EL TUNEL DE JUAN BLANCO

Ya que hablamos de la finca Juan Blanco, vamos con este comentario o historia indocumentada porque no hay nada por escrito. Esto me lo contó Doña Ana Ramona Acevedo de Flórez, esposa de don Pedro Antonio Flórez, cuando éramos vecinos en la Ciudad de Medellín.

Para el año de 1930 la finca Juan Blanco era propiedad de don Pedro Antonio Flores, hombre visionario y emprendedor, quien se inquietaba porque detrás de una colina le quedaba una extensión considerable de tierra seca y él quería volverla productiva con el riego de agua. Como le fue difícil bajar el talud para pasar una acequia, no tuvo otra alternativa que pensar en hacer un túnel de unos cien metros o un poco más de largo. No había en la ciudad quién hiciera esta clase de trabajos, por lo que trajo de Frontino a uno de esos expertos en explorar minas de apellido Botero, desconozco su nombre. Se desconocen igualmente las condiciones del trato que se hizo para la construcción, tales como tiempo en que se realizaría la obra, precio y forma de pago. Lo cierto es que el túnel se hizo en arco de medio punto y piso de ladrillos cocidos que se trabajaban en el tejar de la misma finca. Pero, una vez construido, sobrevinieron dificultades que su dueño no previó, como fueron:
1°) La acequia que prestaba sus servicios a la finca y servía para anegar en la vereda El Espinal, no tenía capacidad para transportar el agua que se pretendía llevar al otro lado del túnel.

2°) Los propietarios de las fincas La Guacamaya y otra que quedaban a un lado de Juan Blanco, por donde era preciso tomar el agua del Tonusco, no daban permiso para construir otra acequia. Frente a estos problemas tan delicados, que llevarían a cualquiera a desistir de la empresa, Don Pedro Antonio Flórez no se entregó, sino que puso a trabajar su inteligencia y lo que tenía que hacer lo hizo: compró esas fincas, construyó la nueva acequia, constituyó por escritura pública la servidumbre de aguas y luego las vendió nuevamente pues no era su interés aumentar sus tierras. Su meta estaba cumplida y no necesitaba más. Pero luego sobrevino otro problema y consistía en que una vez llegara el agua al terreno donde la necesitaba, sobraría cierta cantidad y como el propietario del predio siguiente que quedaba un poco más abajo, se había negado a colaborar con los gastos tanto del túnel como de la nueva acequia, alegando que de todas maneras el agua le llegaría por efectos de la gravedad, entonces Don Pedro Antonio, en sus propios terrenos hizo una cavidad ancha en la tierra como para una laguna artificial, con el fin de retener el sobrante. ¡Pensaba poquito nuestro paisano…! ¡Ni porque hubiera sido de la raza amarilla, concretamente chino…! Debido a estos inconvenientes, el túnel sólo comenzó a prestar sus servicios en 1936. En su entrada colocó una imagen de la Virgen del Carmen, de la que era muy devoto. La naturaleza pone obstáculos a las personas que quieren hacer algo bueno y de importancia y siempre triunfan los que con su inteligencia y perseverancia vencen lo que se les opone en el camino. Así era Don Pedro Antonio Flórez, un hombre fuera de serie en su época, ejemplo para muchos si conocieran su historia.