“La cultura no se vende, se regala”

Por: Samuel E. Aguinaga Alcaraz

DIÁLOGOS CON JULIO

 

Continuación DIÁLOGOS CON JULIO, en el que viene contando cómo se inició en el estudio de la electrónica y lo de la emisora y otras cositas.

JULIO – En el mes de junio de cada año, celebraban en el colegio con mucha pompa la fiesta de San Luis Gonzaga. Un hijo de Don Carlos Herrera que se llamaba Bernardo Herrera, tenía una emisora local desde comienzos de los años veinte e iba a instalar sus equipos para transmitir la fiesta que era: rosario, misa, predicación y de todo eso como ocho días a ese golpe. Esto fue en los años 30 del siglo pasado. Un día la emisora no funcionaba y el que la manejaba luchaba y luchaba y nada. Yo me acerqué, miré bien y logré ver que había un cable zafado y entonces me fui a la casa, busqué un cautín que días antes me había regalado mi tío Toño Duque  para hacer soldaduras a ciertos aparatos de luz, cogí un poco de soldadura que tenía con el cautín y me vine para el colegio. Llegué y sin decirle nada a nadie soldé el cable en el puntico donde vi que había estado pegado y luego le dije al que estaba arreglando el equipo que lo prendiera, lo prendió y de inmediato comenzó a sonar el ruido del volumen.Eso se volvió una admiración y yo me consagré, o mejor dicho, me consagraron como un sabio en electricidad. De ahí en adelante, yo tenía que estar pendiente de los equipos eléctricos cuando transmitían sermones o procesiones como la del Corpus Cristi y otras. Más adelante me matriculé en las escuelas internaciones y mandaba la plata y de allá me mandaban las lecciones para aprender electrónica, porque  por aquí ya había radiecitos, pero se dañaban y no había quién los arreglara.

Yo hice muchas cosas de joven bregando a solucionar los problemas a la gente necesitada, por ejemplo, tuve un proyector de cine y daba cine en la pared del interior de esta casa. El que salía a anunciar las películas era este muchacho que ya murió que lo llamaban El Borracho, el hacía el anuncio con una cartulina enrollada  para que la voz saliera más fuerte, de medio día en adelante salía de esquina en esquina anunciando la película del día. Recuerdo que ese muchachito era más malgeniado que el mismo Diablo, pero yo lo corregía y no decía nada. Cuando ya fue mayor fuimos buenos amigos y siempre guardaba un respeto único por mí.

SAMUEL – Julio: ¿ y de fotografía  qué?

JULIO – Pues que aquí había un problema muy grande, porque la gente bien pobre y para sacar la cédula o la libreta militar tenía que ir a retratarse a Medellín. Entonces yo me conseguí una máquina de retratar  de esas que eran con trípode y que tenía que utilizar una ponchera con agua y uno tenía que cubrirse  con una manta todo el cuerpo desde la cabeza y luego revelar el rollo, con el fin de que la gente se retratara aquí mismo y no le saliera tan caro el retrato. Aquí no había plata, hombre…  Samuel –ya me lo contaste, Julio, ya me lo contaste-  y a mucha gente yo la retrataba y no le cobraba, porque para qué si sabía que no tenía con qué pagar…

Es que mi papá, no sé por qué, tal vez por cuestiones de negocio, era amigo de un señor de apellido Oduperli, me parece que era, el que tenía en Medellín un taller y ahí mismo un almacén  de esos artículos de fotografía. Eso quedaba en el centro de Medellín y el Viejo me llevó allá y me presentó a ese señor y el mismo día el señor este me mostró todos los pasos que había que tener en cuenta para retratar a una persona. Me mostró máquinas, la forma de revelar las fotos y todo, todo. Entonces más adelantico compré la máquina y las cosas se me facilitaron porque ya tenía donde comprar todo lo necesario como papel y ciertos líquidos para revelar el rollo. Comencé y al principio las cosas no salían muy bien, pero con el tiempo fueron mejorando y yo era el único que retrataba aquí, sin que se me ocurriera  retratar calles, callejones o casas. De esas cosas que no me dio por retratar nada. Por eso no tengo fotos de la Antioquia que conocí de niño.

SAMUEL – Julio, vos te acordás de un señor Juanocho que vivió aquí en Antioquia, ya siendo muy de edad y que tenía una pieza en su casa donde trabajaba la fotografía?

JULIO – Sí hombre. Juanocho trabajó aquí la fotografía por allá en los años sesenta. Me contó que cuando era joven vivió en Inglaterra y que se aburría mucho allá, porque para todo era un ritual muy cansón. Que por ejemplo para ir al comedor a tomar algún alimento tenía que presentarse bien vestido y de moño o corbata o de lo contrario era mal visto por los de allá.

SAMUEL – Ese señor se llamaba Juan Ochoa  y recuerdo que era de genio dócil y amable y tenía su gracia cuando hablaba. Decía sufrir del corazón y en una ocasión presintió que su muerte estaba muy cerca y entonces cogió la máquina de retratar y la limpió bien, la envolvió en papeles muy finos de esa época, la amarró con un cáñamo y la guardó. Igualmente guardó la manta con la que se cubría el cuerpo cuando tomaba las fotos, la ponchera y demás implementos  de su trabajo y cuando la señora que llamaba Matilde le preguntó que porqué hacía eso, le respondió que porque ya se iba a morir. Yo trabajaba en la Casa Negra en el Juzgado de Menores y ahí cerquita vivía él y su esposa, en la casa donde hoy vive el Notario. Cuando ya tenía todo bien guardado apareció un policía y le dijo que tenía mucha necesidad de que lo retratara para mandar esa foto con otros documentos al Comando de la Policía de Medellín. Juanocho le dijo que ya él había guardado todas esas cosas de la fotografía porque se iba a morir y que por nada iba a volver a soltar todo eso para tomar una foto. El Policía le insistió tanto que tenía que llevar ese retrato urgente y en fin, lo jodió tanto que al final Juanocho aceptó abrir la pieza donde tenía todos esos implementos. Soltó la máquina y bueno, retrató al policía y de inmediato se puso a revelar el rollo. Al otro día vino el policía a reclamar la foto, Juanocho se la entregó  y tan pronto la tuvo en la mano dijo: ¡ Noooo, pero ese no soy yo! ¿Eso tan feo? Yo no recibo ese retrato ni se lo  pago… A Juanocho le dio rabia y le dijo: — Eso es lo malo que usted vino ayer como un policía a retratarse y quiere salir en el retrato como un General… Yo no puedo hacer milagros aquí… Al policía le dio tanta rabia, que de inmediato lo cogió del brazo y se lo llevó para la cárcel. En ese tiempo los abusos de la autoridad eran el pan nuestro de cada día. Como era un hombre con buenos amigos, de inmediato la gente le contó a Don Alberto Martínez y éste fue donde el Alcalde y ahí mismo lo dejaron libre.

JULIO – Sí, ese señor era gracioso. ¡ Ah …  y vos no te acordás lo que ocurrió en la salina de Alberto Martínez…!  SAMUEL –No Julio, no recuerdo. .. –A pues que Alberto era muy buen charlador y se inventaba algunas cosas que ni el Diablo…  por ver qué decía Juanocho, una vez le dijo: ¡ Juanocho, el Papa dictó  un decreto diciendo que ya no es pecado hacer el amor por fuera del matrimonio…! ¿Qué opinás vos de eso?  Y dijo Juanocho:–  ¡ A buena hora viene a dictar ese decreto, cuando yo ya no puedo hacer nada… !

SAMUEL — Hemos tenido en nuestra Ciudad personas muy graciosas como Pachito Cardona, ese que vino de policía y aquí se quedó… decía cuando se emborrachaba que tenía una finca  con ríos que nacían y morían en la misma finca, con más de quinientos mayordomos, tigres y leones, etc. A ese Pachito el superior que era un teniente le llamó la atención porque en los últimos cinco años no había metido a la cárcel ni a una persona. Le dijo que no justificaba el sueldo que se ganaba  y entonces Pachito salió del comando,  se vino y le dijo a Jorge Serna, su amigo más querido, que lo iba a meter a la cárcel para tener la oportunidad de  presentar un informe sobre captura de un individuo por sospecha y aunque Jorge le rogó que no lo metiera porque estaba muy ocupado arreglando una bicicleta, siempre lo llevó a la cárcel y cómo no había cometido ningún delito, al poco rato lo soltaron y una vez estuvo Jorge en la calle se pusieron los dos a tomar trago y a reírse. ¡Ese Pachito era muy charro…!

SAMUEL –Julio y de este almacén ¿qué? Vos te acordás ¿cuándo y cómo empezó ?

Este almacén Suyo comenzó en 1948 en un local de las Lozanos, donde hoy está el Bar o  Cafetería El Tamarindo. Las Pinedas eran: Pastora, Carmen y Teresita, muchachas que trabajaban la modistería en su casa que era por la calle del Medio entre el callejón de la Planta y La Pola y de allá se bajaron para el local de las Lozanos y allí comenzaron a trabajar. Este edificio donde hoy está el Almacén Suyo era de Don Andrés Londoño y de mi papá que se llamaba Clemente Barrera y de esas cosas que a Don Andrés se le propuso vender la parte de él y se la vendió fiada a Pastora y entonces élla y sus hermanas pasaron el almacén para esta parte. Pero esto no era así. Aquí había un local para la tienda que era de mi papá y una sastrería donde trabajaba Horacio Cruz y se reunían todos los vagos de la Ciudad, al igual que en la sastrería de Múchica. Entonces se invirtió una plata y se le cambiaron pisos y se le echó la plancha en concreto y así está como se reformó en ese tiempo, hace más de cincuenta años. Su primer teléfono era el número 14, si mal no recuerdo, por aquí está todavía. Esto todo se consiguió por el buen genio de Pastora y gracias a su manera de conversar que era una persona  muy especial. Yo le hacía la propaganda en la emisora RADIOSERVICIO y para promocionarlo, Pastora me daba algunos artículos como ollas de aluminio para que los rifara los domingos. Las cosas se fueron yendo y ve, hasta ahora, todavía estamos aquí. En ese tiempo había muy pocas casas o negocios con teléfono. Este almacén tenía el número 14 de modo que hasta ese momento había 14 teléfonos.

SAMUEL — Julio y de la fábrica de refrescos SABORA qué?

JULIO: Éramos un grupo de amigos  que no sabíamos qué hacer con esa situación de desempleo que había en ese tiempo. Ahí estábamos Horacio Vargas, Benjamín Vargas y otros que no recuerdo, medio pudientes y apareció Otoniel Urrego, que andaba en muletas, con una fórmula inventada por unos alemanes para preparar refrescos. Entonces compramos ollas de aluminio, mecedores, coladores y demás recipientes necesarios. El polvo para dar el color y el sabor nos lo vendían los alemanes esos y nosotros comprábamos el azúcar  y preparábamos el refresco que podía ser parecido a la cartarroja, a la limonada o a cualquier otro sabor y le poníamos el nombre. Yo era el catador, es decir, el que decía al trabajador que lo preparaba, pónganle más azúcar o menos azúcar, un poco más del polvo ese o un poco menos y así. Benjamín Vargas compraba al por mayor el azúcar en Medellín. Tomamos en alquiler una casa, tuvimos varios trabajadores  como ocho o diez y todo marchaba muy bien, pero llegó el momento en que una fábrica grande de refrescos de Medellín no permitía que a Benjamín le vendieran el azúcar por bultos, sino por libras y hasta ahí llegamos, porque carecíamos de esa materia prima. Se acabó la producción de SABORA y todas esas ollas y demás las guardamos en la pieza donde yo guardo chécheres  como te he contado. Esa fabriquita funcionó a finales de los años cincuenta o comienzos de los años sesenta y ocupaba especialmente muchachas, no recuerdo bien cuántas.

SAMUEL – Hombre Julio, en esta casa donde has vivido, tenías el taller de radios, proyectabas películas, hacías transmisiones, tertuliabas con tus amigos, hacías de todo. ¿Te ocurrió algún caso especial?

JULIO, – No, todo era muy normal. Me llamó mucho la atención fue  una vez que se le cayó un ojo a la Virgen de la Soledad de la Catedral y estaba muy encima la semana santa, entonces las encargadas de la imagen que eran unas señoras de la Calle de la Amargura, entre ellas Doña Teresita Patín, vinieron donde mí y me dijeron que si me podían traer la Virgen para que yo le pegara el ojo, pero que tenía que quedar en cierta forma, como mirando para el cielo. Yo les dije que sí y entonces me la trajeron y yo en las horas de la noche y poniéndole una pega que se usaba en ese tiempo  jodí y jodí hasta que al fin le coloqué el ojo tan preciso que no se notaba que se hubiera despegado. Al otro día vinieron, observaron la virgen, dijeron que el ojo le había quedado perfecto, me preguntaron cuánto me debían y les dije que nada. Misia Teresita se fue tan contenta que al final me dijo que la Virgen me pagaría y que me encomendaría en sus oraciones de esa semana santa a la Soledad, como si yo fuera muy creyente, pero de todas maneras le dije que le quedaba muy agradecido por sus ruegos.

SAMUEL – Julio, ¿fuera de Antioquia y Medellín  conocés  otra ciudad?

JULIO, – Yo conocí a Medellín por allá en mil novecientos treinta y siete, esto es cuando tenía catorce años. Me fui con una tía, hermana de mi papá, en el carro lechero. Salimos a las seis de la mañana y llegamos al transporte de Medellín a las doce y media del día, más empolvados que el Diablo.  Demoramos tanto porque ese carro tenía que ir primero a descargar la leche por ahí cerca al Rio Medellín. Nos quedamos como dos o tres días en Medellín y de ahí nos fuimos en tren para Puerto Berrìo y luego seguimos en barco por el Rio Magdalena hasta Barranquilla donde teníamos una familiar. Ese barco se llamaba El Atlántico. Allá  nos quedamos como dos o tres meses y en este tiempo pasamos a Cartagena donde estuvimos como tres días. Allí me bañé en el mar y vi que era mejor que en Barranquilla. Aquí nos quedamos unos pocos días y me comí unos pescados fritos deliciosos. Yo no había llegado a comer pescados tan sabrosos. Lo mismo que la alimentación en el barco que era una verraquera. Nos volvimos a Barranquilla y de nuevo cogimos barco a Puerto Berrío. Recuerdo que el rio estaba tan seco, que la embarcación a veces se pegaba en los bancos de arena y con unas palancas tenían que devolverla para coger la parte por donde podía navegar. Llegamos a Berrío y de nuevo en tren a Medellín y luego en el lechero vinimos a Antioquia. No había otra clase de transporte y estaba prácticamente recién hecho el Túnel de La Quiebra que había sido inaugurado en mil novecientos veintiocho. Todo estaba comenzando porque la carretera también estaba recién construida. Nunca más  volví a salir por allá tan lejos.

SAMUEL – ¿Cuánto se demoraba el viaje de Puerto Berrío a Barranquilla?

JULIO – Eso se demoraba como cuatro o cinco días, pero subiendo se demoraba más porque se secaba el rio y se presentaban inconvenientes.

SAMUEL – Bueno Julio, lo mejor es que nos despidamos ya, estas muchachas están moviendo esa registradora en señal de que se quieren ir  a descansar. Nos vimos… Tengo que contarte algo….

Hasta Pronto Amigos…