En 1532  Don Pedro de Heredia fue nombrado gobernador de “Nueva Andalucía”, entre los ríos Magdalena y Atrato, y, por el sur, hasta la línea equinoccial. Gobernación que, según Francisco Duque Ruiz  en su “Historia del Departamento de Antioquia”, página 120, comprendía lo que después  fueron los departamentos de  Bolívar, Córdoba, Antioquia, Tolima y parte del Chocó. Y en palabras de Julio César García Valencia  en  su “Historia de Colombia”, pag. 71, publicación dispuesta por la Asamblea Departamental de Antioquia: “El 14 de  Enero de 1533 llegó a las costas de Cartagena; el 20 de Enero, día de San Sebastián, según unos, según otros el 1º. De Junio, se hizo la fundación de San Sebastián de Calamar, que pronto, como se ha dicho, cambió este nombre por el de Cartagena”.  A pedido de don Pedro, en 1535 su hermano  don Alonso exploró por el sur, siguiendo el curso  del río Cauca, y se  adentró  hasta lo que hoy es Cáceres.

En 1536 don Pedro  llegó hasta la serranía de Abibe y anduvo por el río Atrato. En  1.536 don Pedro de Heredia  autorizó al capitán Francisco César, al parecer Portugués,  para que hiciera  una expedición descubridora  hacia el interior,   la cual se adelantó hasta la provincia de Guaca  y enfrentó a los indígenas  del cacique Nutibara, comandados por un hermano de éste, de nombre Quinunchú, a quien el propio Francisco César ultimó de un lanzazo en la garganta. No obstante: luego de la refriega, los naturales se reagruparon hostiles, y Francisco César optó por regresar a Urabá. Llegó a San Sebastián de Buena Vista  en 1537. Esta población; San Sebastián de Buena Vista  fue fundada por don Alonso de Heredia en 1535, al lado oriental del Golfo de Urabá,  cerca de donde  don Alonso de Ojeda fundó a fines de 1509 ó principios de de 1510  a San Sebastián de Urabá..

Como dato curioso en lo relacionado  con el canibalismo  catío, se transcribe lo que Fray Pedro Simón  informa sobre cómo se apercibieron las mujeres indígenas cuando el enfrentamiento de las huestes de Nutibara y Quinunchú con las de Francisco César (“Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales”, Tomo IV, Tercera Parte,  Bogotá, Casa Editorial de Medardo Rivas, 1892, pág. 85):

“…acompañábalos gran suma de mujeres con ollas y cargadores para cargar y cocer la carne de los nuestros, teniendo por cierta y segura la victoria”.

En 1536 Sebastián de Belalcázar, subalterno (capitán) del marqués Francisco Pizarro, gobernador del Perú, fundó sin su autorización las ciudades de Cali  y Popayán, en julio 25 y diciembre 6 respectivamente; pero  enrumbó  hacia el sur, en junio de 1537 llegó a Quito, y en febrero de 1538 ya estaba de retorno a aquellas ciudades, dejando desabastecida la de Quito, por lo que Pizarro encargó  al capitán Lorenzo de Aldana, exaltándolo a Teniente General de Quito, Cali  y Popayán,  para que inquiriera al respecto y residenciara a Belalcázar. Aldana arribó a Popayán en julio de 1538, siguió para Cali, y en el trayecto se encontró con Robledo, quien se devolvió, acompañándolo. Para entonces Belalcázar andaba en busca del mar del norte.

En 1537 Juan Badillo, a quien la  Audiencia de Santo Domingo  había enviado a residenciar a Don Pedro de Heredia, apresó a éste y a su hermano Alonso, y fue informado por Francisco César  de las riquezas existentes  en los territorios que acababa de recorrer. Por esto  y porque también  venían a residenciarlo, (para cuyo efecto había sido  designado  el licenciado Juan de Santa Cruz, de la Audiencia de Santo Domingo, quien comisionó a Juan Gracián – Grecián o Graciano — y Luis Bernal), Badillo organizó una expedición en la que  se llevó como comandante a Francisco César y, entre otros, algunos compañeros destacables, como:

“Iban gran número de negros y negras, pues eran más de ciento, indios é indias de servicio; su teniente General  fué el que había asignado, Francisco César; Maese de Campo, Juan de Vitoria; su Alférez Mayor, Don Alonso de Montemayor; Capitanes de infantería, Don Antonio Rivera, natural de Soria, y  el Tesorero Alonso de Saavedra, natural de Tordesillas, de los demás Oficiales y soldados.. Iban muchos caballos y gente noble, como  el Comendador Hernán Rodríguez de Sosa, Lorenzo Estupiñán de Figueroa, natural de Jerez; Alvaro de Mendoza, de Don Benito; Martín Yáñez Tafur, de Córdoba; Melchor Suer de Nava, de Toro; Arias Maldonado, de Salamanca, y Baltasar Ledesma, Antonio Pimentel, de Mayorga, Alonso de Villacreces, de Sevilla; Pedro de Cieza, de León de Llerena, que fue el que escribió la crónica del Perú; Francisco de Mojica escuadra, un Mediana, otro Noguerol, francés, que fué el primero que murió de estos soldados; por adalid Pablo Hernández, gran baquiano y diestro en todas jornadas; Juan de Frades, extranjero; Portalegre y un Alonso Pérez, y otros muchos caballeros é hijosdalgo y gente común, que por todos eran trescientos cincuenta, que los más fueron aviados á su propia costa, sin que se olvidasen de cuatro sacerdotes, unbo de los cuales se llamaba Francisco Frías, y buen recado para decir misa…” (Fray Pedro Simón; ob. Ib., pág.97)

Partió de San Sebastián de Buena Vista el 23 de enero de 1538 e incursionó hasta la provincia de Buriticá, donde  halló implementos para fundir oro, como fraguas y hornillas, y a cuyo cacique asesinó en la hoguera, porque engañosamente le dio pábulo a su codicia, prometiéndole gran cantidad de oro (doce cargas), que no le habría de dar, a fin de lograr la liberación de su mujer y dos de sus hijas, prisioneras de Badillo. El 24 de junio  Pablo Fernández, teniente de Badillo, descubrió el valle del río Tonusco. Después la expedición  sufrió la invaluable pérdida de Francisco César,  el cual  enfermó y murió en el sector denominado Cori, al parecer el mismo que hoy registra con el nombre de “Villa César” o “Tapartó”  la  jurisdicción territorial del municipio de Andes. Dato  que no se compadece  con el muy citado  de que falleció en “Cori”, cerca de la desembocadura del río  San Juan al Cauca.

La expedición de Badillo llegó a Cali el 24 de diciembre de 1538, Muchos de sus  soldados se incorporaron  después a  la de Jorge Robledo; entre otros: Pedro Cieza de León, el sacerdote  Francisco de Frías, Álvaro de Mendoza, Hernán Rodríguez de Sosa, Baltasar Ledesma, Antonio Pimentel, Lope Márquez, Diego de Maqueda, Juan de Frades, Diego de Mendoza, Rodrigo de Quiñones, Melchor Suer de Nava y Alonso de Villacreces. Badillo quiso volver sobre sus pasos, ahora con ánimo colonizador: fundar una ciudad; lo cual había rechazado  en el trayecto  de la expedición, cuando algunos compañeros se lo propusieron. Nadie lo secundó en la idea y, para acabar de ajustar,  Aldana le previno que  el territorio de su correría era del dominio de Pizarro. Todo esto  determinó a Badillo a distanciarse cada vez más, y finalmente  enrumbar hacia  Panamá.

“En busca de  Badillo  partieron  de Cartagena Luis Bernal y Juan Gracian, mensajeros de Santacruz, enviados a examinar la conducta de aquél con los Heredias. Los expedicionarios mataron a Nutibara y en Anserma se encontraron  con la vanguardia del ejército de Robledo, al que se le incorporó la mayor parte” (“Conquista”. Conferencia de Tomás Cadavid Restrepo; Repertorio histórico, Vol. 15; Órgano de la Academia Antioqueña de Historia; pág. 664

Según William Jaramillo Mejía en: “Antioquia Bajo los Austrias”, Tomo I, pág. 75, Lorenzo de Aldana  comisionó a  Jorge Robledo  para que, como Capitán y Teniente de  Gobernador,  inspeccionara la provincia de Anserma. Con tal cometido salió de Cali  el 18 de julio de 1539 (14 de julio, según Emilio Robledo en: “Los compañeros de Jorge Robledo”, publicado en “Repertorio Histórico”, Órgano de la Academia Antioqueña  de Historia). En desarrollo de esta expedición fundó en nombre de su Majestad  y del marqués Francisco Pizarro el 15 de agosto de dicho año a Santa Ana de los Caballeros (Anserma), que a los pocos días fue mudada de sitio; y el 9 de agosto de 1540 fundó a San Jorge de Cartago. Luego  se dirigió a Calí.   Pero allí se encontraba  don Pascual de  Andagoya, Gobernador de San  Juan,  quien había llegado el 10 de mayo de 1540 y reclamaba como de su jurisdicción los descubrimientos y fundaciones de Belalcázar y Robledo. Éste lo aceptó, aunque  con algunas reservas (Según William Jaramillo Mejía, en: “Antioquia bajo los Austrias”, Tomo II, pags. 58 y 59, el arribo se produjo fue el 13 de mayo de 1540.  Y la gobernación  de San Juan había sido creada  en 1536 para Gaspar de Espinosa; muerto éste sin posesionarse, el 16 de diciembre de  1538 se nombró en su reemplazo a don Pascual de Andagoya, quien salió  de San Lucas de Barrameda a principios  de 1539, y entre sus compañeros  se hallaba muy probablemente don Gaspar de Rodas. “Esta gobernación comprendía no el Río San Juan (en el Chocó) sino el trecho entre el río de San Juan de Micay al sur de Buenaventura y el Río Santiago frontera de la gobernación del Perú, en aquel entonces).

Andagoya designó a  Robledo su  Teniente de Gobernador y Capitán General, en cuya condición refundó a Cartago el 10 de enero de 1541, ya  en proceso de nueva expedición que había salido  de Cali el 29 de septiembre  de 1540, El acta o documento correspondiente destaca el motivo de la  refundación:

“ … En la cibdad de Cartago de estas prouincias del rio de San Juan  de estas Indias  del mar Océano lunes  diez días del mes de henero año del nacimiento de nuestra señor Jesucristo de mill é quinientos é quarenta y un años. El magnifico señor Jeorxe Robledo Theniente Gral de Governador y de Capitán General en esta dha ciudad de San Juan é sus  provincias por el Ilustre  y muy magnifico  señor el Adelantado  Don Pascual de Andagoia Governador y Capitán Gral en las provincias del río de San Juan y del Beru por su majestad é del Consexo  de esta dha ciudad dixo: Que por quanto esta dha ciudad estaba fundada en nombre del marques  Don Francisco Picarro é al tpo que hizo la dha fundazion no tubo poder para ello el dho señor Theniente é ahora  el señor  Adelantado Don Pascual de Andagoia Governador de estas partes mando que se haga de nuevo la dha  fundación de esta ciudad de Cartago por quanto su señoria  dio por ninguna la dha fundación primera  que como dho es no obo poder para hazer la fundazion …”

Mientras más territorio, más poder, mejores posibilidades de  riqueza, y mayores probabilidades  de  obtener la benevolencia  de la Corona, en caso  necesario.

Sin embargo: había confusión de límites  entre las diversas gobernaciones, y tampoco eran claros y precisos los  comportamientos que otorgaban señorío sobre  determinados territorios: Descubrir, explorar, conquistar, poblar, fundar, refundar,  trasladar, y reconstruir, principalmente. Salvo las fundaciones y refundaciones  que se efectuaban  conforme a la ley: con actos o señales  de posesión, como cortar ramas o arbustos y fijar la picota (rollo),  sin contradicción y extendiendo el acta correspondiente,  lo demás se prestaba a interpretaciones que podían ser ajustadas al interés de  quien alegara.

En lo relacionado  con Andagoya, anota  Raúl Aguilar Rodas  en su obra: “Fundación de la Ciudad de Antioquia  – 1541”, 1ª. Edición, 2001, pags. 47 y 48: “Ya hemos dejado antes  clara  información  de lo que aconteció a Andagoya con Jorge Robledo y poco después con Belalcázar, pero sí debo agregar  que la Corona aceptó que había cometido un error por el desconocimiento que existía de aquellas tierras, liberó a Andagoya, quien después regresó al Perú y participó en la guerra contra el rebelde Gonzalo Pizarro, fue herido y luego murió en el Cuzco en 1548, de unos  cincuenta años de edad”.

Informado Robledo de los documentos o provisiones reales   pertinentes, por parte del emisario capitán Pedro de Ayala, en Cartago, hubo de reconocer a Sebastián de Belalcázar, quien procedente de España, a donde había viajado en 1539,  llegó a Cali, en donde  el 23 de febrero de 1541 se posesionó  como  gobernador de Popayán,  gobernación creada el 10 de marzo de 1540, a petición   suya. Le reiteró y confirmó a la ciudad el nombre de “Cali”, pues que  Andagoya le había puesto el de “Lilí”; Apresó a  Andagoya, lo remitió a Popayán e informó al rey;  y nombró a Jorge  Robledo  su  Teniente de Gobernador y Capitán General,  con autorización para que fundara en su nombre; designación que  también le  fue comunicada  en curso de la expedición, en la provincia de Picara.

Hasta entonces  siguió esta ruta: Cali  — Vijes  (A partir de este pueblo indio  continuaron unos  por el cauca, con Jorge Robledo, y otros por tierra, con Hernán Rodríguez de Sosa) — Gorrones (Pueblo del pescado) — Palomino — Chorros de los Chapetones (en límites  con el municipio  de Benalcázar. De aquí en adelante, todos continuaron por tierra): Angazca –- San Juan (Anserma), a donde llegó el 1º. de Noviembre de 1540 — Irra (entre Manizales y Riosucio. Por aquí  vadearon el río cauca, 2 de enero de 1541) –- Cartago (hizo la refundación, mandó a  Álvaro de Mendoza a explorar en busca de la provincia de Arbi  — búsqueda inútil –,  y semanas después  reconoció  como Gobernador a Belalcázar) — Santa Ana o Anserma —- Carrapa ( cuando su primera expedición,1539 – 1540, Robledo permaneció un mes en esta provincia, y en ella los indios le crearon la fantasía dorada de “Arbi”, al otro lado de la cordillera de los Andes. Los señores de Arbi eran sumamente ricos, allí abundaba el oro y toda clase de riqueza) — Picara (Robledo recibió los despachos de Belalcázar; pasó revista a la tropa y verificó  que la integraban ochenta y cuatro hombres, entre ellos 30 de a caballo. “Carrapa” y “Picara” se  localizaban por Neira, Aranzazu, Salamina y Filadelfia,  y la provincia  de “Pozo”   confinaba con aquellas. Debe precisarse que  fue  en la “Loma  del Pozo”, probablemente hoy un sector de Pácora, donde  los indígenas  lesionaron gravemente a Robledo: sendos dardos en la mano derecha y la espaldilla; pero esto  ocurrió el 29 de marzo de 1540 en su primera expedición). De Picara  se desplazó a  Paucura; y con la mente puesta en “Arbi” envió de nuevo a  Alvaro de Mendoza  a inquirir  al respecto. A los días  éste  descubrió una población de  indios dispuestos para la contienda. De Mendoza los rehuyó, pues carecía de caballos. Estimó   haber  arribado entonces a un sector del Valle de Arbi, y algunos historiadores  han creído que lo descubierto  corresponde  al Páramo de Herveo y Valles altos de San Félix. El Valle o Provincia  de Arbi  nunca fue descubierto de veras, aunque se  quedó para siempre  como la mejor fantasía de los que soñaban (sueñan)  con montañas de oro.

Realizadas sus primeras fundaciones, y valido de las investiduras y facultades  otorgadas por  Aldana y reiteradas sucesivamente por Andagoya y Belalcázar,  Jorge Robledo hizo la  segunda expedición, la misma de la cual se viene hablando, cuyo objetivo central era fundar una ciudad en la provincia de Buriticá, en donde había oro en abundancia  –hasta a flor de tierra –.  De Picara  pasó a Paucura, y luego a donde los Cuycuyes  (probablemente en territorio perteneciente al Sonsón de hoy. Llamó “Armados” a estos indígenas porque  lucían armaduras de oro; a su provincia: “Arma”, y  así mismo al río que por allí discurre)  —. Después, a Pascua  (cerca de la desembocadura del río Arma  al cauca) — Pueblo Blanco o Poblanco (por Fredonia).  —Zenufaná o Sinifaná  (Bolombolo, La Lotero, La Hondura) — Pueblo Llano — Valle de las Peras (que no eran peras sino aguacates, por donde hoy queda Amagá)  — Murgia o Pueblo de la Sal  (Heliconia). Fue cuando  Jerónimo Luis  Tejelo, en vía de exploración,  descubrió  el Valle de Aburrá y tuvo que luchar con los  indígenas de allí, quienes  finalmente huyeron despavoridos – los que no se ahorcaron – frente a la espeluznante  visión  de esos hombres  barbados, algunos cabalgando en los no menos terroríficos caballos. Se ha creído que el descubrimiento del dicho valle se produjo  el 24 de agosto, día de San Bartolomé,  tal el motivo de que se le llamara: Valle de San Bartolomé, aunque siguió imponiéndose  el nombre  indígena de “Aburrá”. Robledo acudió  en ayuda de Tejelo. Después  cogieron hacia el norte, llegaron al Llano de Ovejas, bajaron  en dirección al río Cauca, arribaron a Jorvura (actualmente: Córdoba,  corregimiento de Sopetrán);  prosiguieron a lo que  hoy es Sucre (corregimiento de Olaya), y un poco más al norte  cruzaron  el Cauca, a la margen izquierda;  Posteriormente, cuando ya  las rocas o peñas  les impidieron continuar  por la orilla izquierda del río, buscaron la montaña, era el cerro de Buriticá, ascendieron a Currume o Currumé ( Corrome , Corromé, Curume o Curumé), frente al actual Sabanalarga;  lucharon con los  indios del lugar, a quienes vencieron; improvisaron una fragua para el  herraje de los caballos. A estps  contornos se les llamó: La Loma de la Fragua.g Robledo  emprendió de nuevo la marcha con alguno compañeros,  dejando allí a Alvaro de Mendoza con los restantes, entonces  llegó al  Valle  de Ebéjico; se suscitaron varios enfrentamientos con los indios; retornó a Currume por más compañeros, y, luego de recorrer varias provincias, dio en el valle  donde antes  enfrentó a los indígenas; el mismo en donde había una laguna pequeña y en uno de cuyos cerros había ordenado plantar una cruz que los indios quitaron,  aprovechando que él estuvo unos días fuera ; pero  a su retorno los reconvino, y los  amenazó de muerte, por lo que, vuelta a poner, la respetaron. Al sitio se le denominó: “La Loma de la Cruz”. Y de nuevo luchó con ellos,  hasta derrotarlos.

Aun  contando con conocedores del terreno, la empresa fue dura y cruenta. Vencida la fuerte resistencia indígena en el Valle de Ebéjico, situado entre los actuales municipios de Buriticá y Peque, al sur de este, el  4 de diciembre de 1541 se produjo oficialmente  la fundación de la ciudad de Antiocha (Antioquia). Sus primeros  alcaldes ordinarios  fueron  Álvaro  y Diego de Mendoza  (primos).

En cuanto al nombre y su destino:

“…Acuérdome, al tiempo que la fundamos, que me dijo Robledo que la quería poner por nombre Antiocha, y yo le respondí: No le faltarán guerras como a la de Siria” (Pedro Cieza de León, según cita Emilio Robledo en su obra: Vida del Mariscal Jorge Robledo; pág. 164).

El vaticinio  se cumplió, tal que un arrebato  de fatalidad  hubiese inspirado las palabras del  conquistador y cronista.

Hecha  la fundación, Robledo  procedió a los repartimientos de  tierra e indios. Los repartimientos de indios  eran las famosas  “Encomiendas”, mediante las cuales  a un conquistador o descendiente suyo se le encomendaba una cantidad de indios  para el servicio personal, con la  condición de que se les educara  y adoctrinara en la religión católica. Las encomiendas tenían curas doctrineros. La “demora”  era el tributo que los indios encomendados hacían al rey. Las primeras encomiendas en territorio  antioqueño  las hizo Jorge Robledo el 29 de diciembre de 1541 en la ciudad de  Antioquia, según  William Jaramillo Mejía en su obra:” Antioquia bajo los Austrias”; primer  tomo; pag. 39. El problema de las encomiendas  se hallaba en la prestación de servicios al encomendero, puesto que al respecto se abusaba de los encomendados, sin que importara  el buen trato que las leyes ordenaban; por ejemplo: se les obligaba a construír  casas del encomendero; a servir de cargueros, soportando  cargas  casi superiores a sus fuerzas; a efectuar  difíciles trabajos de minería, no les pagaban el trabajo,  se les azotaba, y seducían a las indias.

En su obra citada, Duque Ruiz  expresa: “ … al conquistador se le encomendaban los indígenas para que los educara en el trabajo y el buen trato en un sentido distinto de la esclavitud, ya que eran vasallos de su Majestad y de allí derivó el título de encomienda”.  Los abusos y crueldades  de los encomenderos  motivaron que en tiempos de Carlos I de España y V de Alemania se aprobaran las “Nuevas Leyes” en las que se establecían que sus pleitos  fueran  según sus usos y costumbres; que se les tratara como vasallos libres  de la Corona Española; que no se  les pusiera de cargueros, y, en casos necesarios, destinarles cargas moderadas; que su trabajo fuera voluntario y pagado; etc.. Sin embargo,  a Belalcázar se le atribuye al respecto la frase famosa: “Se obedece; pero no se  cumple”. Abundaron las investigaciones y sanciones  relacionadas con  encomiendas.

Robledo no se dedicó a organizar y consolidar  la ciudad de Antioquia, sino que pronto  manifestó su intención de ir a Cartago y Cali, acompañado de treinta caballeros;  el Cabildo  lo convenció para que  cogiera la ruta por donde había transitado Badillo: Serranía de Abibe, Río León  y San Sebastián de Buena Vista. Además, en razón de que únicamente había setenta y nueve pobladores, acordaron que llevaría  doce compañeros: cinco de a caballo y siete de a pie, aparte de que  Antonio Pimentel  lo acompañarían con treinta  hasta “Guaca”. Así partió  el 8 de enero de 1542, dejando como Teniente a Álvaro de Mendoza, a quien  le designó en reemplazo de  Alcalde ordinario al  dicho Pimentel. Iba en busca de Belalcázar con el objeto de informarle los resultados de su  expedición; pero  se ha dicho que  en el fondo lo que pretendía era  viajar a España  a solicitar que lo nombraran  gobernador de sus fundaciones.  En febrero, al arribar a San Sebastián de Buena Vista  fue bien recibido  por Alonso de Heredia, pero  casi al punto lo hizo prisionero  cuando se enteró  que había fundado  la ciudad de Antioquia. En: “Los Compañeros de Jorge Robledo”; ob. Ib; pag. 366, el doctor Emilio Robledo suministra  los nombres  de los doce que   lo acompañaron a San Sebastián de Buena Vista: 1.- Pedro Cieza de León, 2.- Juan Bautista Sardela, 3.- Francisco Vallejo, 4.- Diego de Mendoza, 5.- Jerónimo Luís Tejelo, 6.- Juan de Frades, 7.- Antonio de Villacreces, 8.- Juan de Bustamante, 9.- Francisco de Cuellar, 10.- Alonso Gómez, 11.- Pedro Torres, 12.- Antonio Bocarro. El último era  un delincuente  condenado  a la pena de destierro, a quien se le trasladaba preso.  A San Sebastián de Buena Vista vino  Don Pedro de Heredia, hermano de Alonso,  inició proceso contra Robledo el 6 de marzo de 1542 por Usurpación de poderes y Maltrato a los indios,  y el 20 de dicho mes dictó sentencia condenatoria y lo remitió preso a España; llegó a Sevilla el 25 de julio del año en mención. En la sentencia, Heredia  aseveró que la ciudad de Antioquia era de su jurisdicción; declaró la nulidad de la fundación hecha por Jorge Robledo, como de los repartimientos,  la designación de alcaldes ordinarios y lo actuado por estos: le  impuso a Robledo  multa de mil pesos oro, lo condenó a las costas del proceso, y a que con sus bienes, preso,  fuera llevado  por guardas al Consejo Real (“Vida del Mariscal Robledo”; Emilio Robledo; Anexos; pags. 341 y 342).

En  las páginas 182 y 183  de la  misma obra que se acaba de citar, el autor comenta: “Y en verdad que juzgando sin ira y con estudio, al Adelantado no le faltaba razón para considerar que Antioquia estaba  dentro de su gobernación, toda vez  que las capitulaciones hechas con la corona española le daban por límite, al sur, la línea equinoccial. Por consiguiente, según esto, no solamente  Antioquia le pertenecía sino toda la gobernación de Popayán y parte de la de Quito. Sólo que todo aquello se iba modificando a medida que en España iban adquiriendo mejor conocimiento de la extensión territorial de estos dominios cismarinos”

En España  Robledo obtuvo sentencia favorable  y autorización para regresar a las Indias (21 de enero de 1544), título de Mariscal de Antioquia (17 de octubre de 1544) y escudo de armas (7 de febrero de 1545). Además, contrajo matrimonio con  doña María de Carvajal, de la cual no hubo descendencia, y, asimismo, de ninguna otra mujer. Ambos  nacieron  en  Ubeda, ella en 1517, y de él se ignora la fecha.

Mientras tanto: en marzo  de 1542 Don Pedro de Heredia marchó sobre Antioquia, a donde arribó en junio. Los vecinos de la ciudad se habían dividido en dos bandos: unos, en especial el capitán  Don Álvaro de Mendoza, quien había sido subalterno de Heredia, abogaban porque se le recibiera pacíficamente; eran los “Cartageneros”; y otros  negaban el recibimiento pacífico; eran los “Peruleros” o partidarios de Belalcázar, pues al fin y al cabo  nadie contradijo a Robledo en el acto de fundación de la ciudad. En vista de que  los últimos, con Antonio Pimentel a la cabeza, se  resistían a recibir a Heredia, éste  ordenó apresar a Pimentel, lo cual  exacerbó a sus  compañeros; sobrevino la lucha  y, aunque  Heredia  fue lesionado en la mano derecha, se tomó la ciudad. Esa misma noche  varios vecinos, incluyendo el capitán Álvaro de Mendoza, partieron en busca de Belalcázar; en el camino, y a no mucho andar (a tres o cuatro Jornadas) se  encontraron con Juan Cabrera  y un grupo de soldados (se unieron a éstos), los cuales venían   supuestamente a proteger la ciudad  contra las intenciones de Heredia, aunque  en verdad Belalcázar los había enviado a prender a Robledo, a quien  a la sazón ya lo había  declarado ”traidor”, porque  sospechaba sus aspiraciones a gobernador. Cabrera, yerno de Belalcázar, llegó a  Antioquia en Julio  de ese año y pretendió la rendición de Heredia. Éste  quiso que dialogaran sobre  títulos y poderes. Cabrera  decidió atacar, lo que precipitó Antonio (hijo de Don Pedro) al desenvainar la espada. Padre e hijo fueron apresados; y  éste, herido en una mano. Esta es la versión más  común.

Claro que también se afirma   que cuando  se discutía  la propuesta de Alvaro de Mendoza, intervino el  Regidor Capitán Rodrigo de Quiñones, quien concluyó diciendo: “Y si bien servimos a nuestro Rey debajo de cualquiera legítima cabeza, á ellos les demos el mismo respeto  que á él, por cuya mano están puestos, y así supuesto que debajo de una le hemos de servir, ya le tenemos dada la obediencia á  Belalcázar, á quien será bien la conservemos, y pues no tenemos fuerza de gente para oponernos á la mucha  que trae el Adelantado Don Pedro, tendré por acertado, para excusar derramamiento de sangre, le dejemos entrar pacíficamente, desamparando luégo de la ciudad,  yéndonos todos á dar aviso de lo sucedido al Adelantado Belalcázar, con que satisfaremos á las unas y otras obligaciones.

“… A ninguno  de los del Cabildo pareció  mal este consejo, y determinados en él otro día á los primeros rayos del sol, salieron todos en sus caballos á recibir  al Adelantado Heredia, á quien encontrándole á media legua de la  ciudad en un llano, después de haber hecho demostraciones de alegría con escaramuzas, le dieron la bienvenida, en quien hubo correspondientes cortesías, abrazando á todos por  la amistad antigua y benevolencia presente; llegaron  á la ciudad, donde se aposentaron lo mejor que se pudo, llevando el Teniente á su casa al Adelantado y á su hijo. A las primeras horas de la noche, estando Heredia y sus soldados descansando del camino, no se descuidaban de ordenar el suyo los de la ciudad, pues á la mitad de la noche ya  no había nadie en ella, que sabiéndolo el Adelantado, á las primeras luces hizo, sin tardanza, disponer su gente para irlos siguiendo, á quien en alcanzándolos, que no se tardó mucho, procuró persuadir con palabras y promesas que volviesen a la ciudad; que todas fueron en vano, pues no le fué posible hacerles que mudasen de intentos. En esto estaba ocupado el Adelantado, cuando el peonaje y gente de toda broza de la una y otra parte se llegó á palabras pesadas y de ellas á las espadas, que advirtiendo Heredia de lejos el alboroto de cuchilladas, sin más reparo de armas que su  presencia, llegó á componer con brevedad la sedición, metiéndose entre la confusión y rudeza del vulgo, de donde  sin saber por dónde, salió mal herido en la  mano derecha, y en la cabeza uno de los soldados  antiocheños; apaciguado esto y visto que no podía reducir á que volviesen á la ciudad los vecinos, tomó el Adelantado la vuelta de ella, por excusar mayores inconvenientes y que se pasase adelante con la  confusión” ( Fray Pedro Simón; Ob. Ib.; págs.  214 y 215).

Cabrera  recuperó y saqueó la ciudad, se apoderó de los bienes de Heredia, y, como no le pareciera  bien  situada la ciudad, ordenó su traslado al Valle de Nore (Nori), según provisión del  28 de julio de 1542. Para el efecto comisionó a Isidro de Tapia, quien la trasladó el  7 de septiembre del año en referencia. El Valle de Nore o Nori se localiza en “Manguruma”, corregimiento del actual municipio de Frontino. Allí quedó como Teniente de Gobernador Isidro de Tapia;  alcaldes: Martín de bocanegra  y Gabriel de Barrionuevo.  Cabrera se fue con su preso hasta Cartago, de donde lo remitió a la Audiencia de Panamá, organismo que  atendió las voces de justificación: lo absolvió (Julio César García Valencia; Historia de Colombia; Publicación  dispuesta por la Asamblea Departamental de Antioquia, pag.30);  o: cuando más: le hizo determinadas prohibiciones:

“…….  porque habemos tenido noticia que no embargante el mando y pena que le fue puesta al dicho Adelantado don Pedro de Heredia por los oidores de la Audiencia Real de V. M. que residen en la ciudad de Panamá que no fuese ni enviase a la dicha ciudad de Antiochia, hacía para venir sobre la dicha ciudad, en la provincia de Cartagena …” (Boletín Histórico del Valle, p. 581.  De carta de Luis Diego de Guevara y Sebastián de Magaña al Rey, fechada en Cali  el 2 de febrero de 1544.  Cita que se hace en la revista  “Antioquia Histórica”, primera época, Nros. 41 y 42, julio de 1937, pág. 128).

Del mismo Boletín, p. 577, en la dicha revista, ps.  128 y 129  se copia parcialmente carta  que Belalcázar  le envía al Rey, a 20 de diciembre de 1544:

“Así mismo tengo noticia  como teniendo yo la ciudad de Antiochia en toda tranquilidad y sosiego y los vecinos della estando pacíficos y seguros en sus casas, el Adelantado don Pedro De Heredia, gobernador de Vuestra Magestad en las provincias de Cartagena, con mano armada, acaudillando gentes se entró en la dicha ciudad y la prendió y tomó  al  teniente gobernador  y justicia della, y puso  otras en su mano y a los vecinos conquistadores  que en nombre de Vuestra Magestad tenían encomendados los indios, se les  quitó y admovió y dio a otras personas que le pareció, haciéndoles otros muchos agravios, fuerzas y extorsiones en deservicio de Vuestra Magestad, y hecho esto tomó de los dichos vecinos por fuerza lo que le parecía, y de los que dejaron las indias y indios libres naborías y las armas  que había en el pueblo, y fuese el río debajo de Santa Marta, diciendo ir a poblar en  nombre de Vuestra Magestad lo que hallase desocupado, habiéndole sido mandado expresamente por la Audiencia real que hasta ahora a residido en la ciudad de Panamá, no entrase ni enviase a la dicha ciudad de Antioquia ni sus términos so graves penas…”

Y en Probanza  solicitada por  Belalcázar  (Cartago, 19 de enero de 1.545): “V. Yten si saben que habiendo salido  el Capitán Juan Cabrera en busca del dicho Capitán Jorge Robledo halló al dicho Adelantado don Pedro de Heredia cómo había despojado de la posesión de la dicha ciudad al Capitán  Alvaro de Mendoza que la tenía a cargo y tornándola restaurar le prendió al dicho Adelantado haciendo sus informaciones sobre el caso.

VI. Yten si saben que con el proceso y causa de su prisión fue remitido por más justificación de causa a la Audiencia de Panamá.

VII. Yten si saben que estando en la dicha Audiencia preso el dicho Adelantado don Pedro de Heredia pidió por cuanto en su gobernación estaba en la ciudad de Cartagena que era puerto de Mar e su Magestad había mandado  porque los franceses hacían (sic) salido a robar los pueblos  de los puertos de las Indias que todos estuviesen apercibidos para los resistir e que le diesen licencia para que fuese a poner a recabdo la dicha ciudad de Cartagena e su gobernación la cual le fue dada debaxo  de fianzas..

VIII. Yten si saben que al dicho Adelantado don Pedro de Heredia le fue mandado que no fuese…… a la ciudad de Antiochia so pena de diez mil castellanos para la cámara de su Magestad e otras penas en la dicha provisión contenidas e sobre ello  fue dada provisión ….  En forma la cual se le notificó” (Boletín Histórico del Valle, p. 565: Rev. Ib., ps.  130 y 131).

Cualquiera que hubiese sido la decisión de la Audiencia de  Panamá, lo que  se impone  destacar es que  dejó libre a don  Pedro de Heredia.

En el Valle de Nori o Nore  Isidro de tapia hizo un nuevo repartimiento de tierras e indios

De  repartimiento en repartimiento; abruptos, como el cambio de autoridades —  las de Belalcázar y las de Heredia –, y a ello agregada la traslación de la ciudad, la incertidumbre  no daba lugar a que los vecinos o señores principales se afincaran; y, de otra parte, los indios iban de señor en señor.

A fines de 1543 Belalcázar mandó como teniente de Gobernador, en reemplazo de Isidro de  Tapia, al bachiller Alonso Díaz de Madroñero, de quien se decía que era un hombre vengativo y cruel.  Hizo un repartimiento caprichoso, y sus arbitrariedades determinaron a algunos vecinos a quejarse ante Belalcázar, quien a principios de 1544 lo llamó a Cali para que le rindiera explicaciones. No sólo se las aceptó,  sino  que también lo ratificó en su cargo.

En el entretanto Díaz de Madroñero fue reemplazado por el capitán Gonzalo de la Peña; pero en mayo de 1544 don Pedro de Heredia volvió a tomarse la ciudad, aunque sin lucha: nadie le opuso resistencia armada. La repartió entre sus amigos  y al tiempo salió  de ella, dejando como Teniente  al licenciado Diego Hernández Gallegos, pues supo que a Cartagena había llegado como Juez  de  residencia Miguel Díaz de Armendáriz.

A principio de 1546 reapareció en la ciudad de Antioquia  Díaz de Madroñero, apresó al licenciado Hernández Gallegos, a quien le quebró la vara (símbolo de autoridad) y, juntamente con otros presos,  lo remitió  a donde estaba  Belalcázar. Repartió indios a su antojo  y nombró cabildo y regimiento.

A los días, sin embargo, los partidarios de Heredia, ahora entre ellos Isidro de  Tapia, apresaron a Madroñero, Don Gaspar de Rodas  y otros   adeptos de Belalcázar, a quienes enviaron a Cartagena.

Para entonces  Antioquia, que fue fundada “Ciudad”, había recibido  este título por  disposición real  del 1º. De abril de 1544,  y, además, la Corona  le había concedido escudo de armas  el 7 de febrero de 1545 (el del roble, el león y los murciélagos, porque se le concedió otro – parece que también de origen real – en el que se destacan: un árbol frondoso y un gallinazo posado en su copa).

Hacia  el segundo  trimestre  de 1545 el  mariscal Jorge  Robledo llegó a la “Española”. En este año ya había venido  de España   el visitador  Miguel Díaz de Armendáriz, quien  nombró a aquél  su Teniente de Gobernador para Anserma, Cartago, Arma y Antioquia, con facultades  para residenciar a quien hubiere menester. El príncipe Felipe  había puesto dichas poblaciones  bajo jurisdicción  del visitador, a quien desde el 11 de diciembre de 1544  designó Juez de residencia para la gobernación de Popayán, entre otras.  Robledo se apercibió para  solicitar el reconocimiento de las poblaciones en  cuestión    y  realizar nuevas fundaciones.

La autorización real a Díaz de Armendáriz  era la de nombrar a Robledo Teniente de Gobernador de las ciudades que había fundado, según los resultados de la residencia  que previamente le debía efectuar. No obstante: con ostensible violación de este deber, hizo  la designación. “Licenciado Miguel Díaz de  Armendáriz, juez de residencia de las provincias  de Cartagena y Santa Marta  y Nuevo Reino de Granada y Popayán y Río de San Juan: Sabed que yo mandé dar y di para  vos una  Cédula, su tenor de lo cual es  esto que sigue:

El Príncipe. Licenciado Miguel Díaz de Armendáriz, juez comisario y de residencia  de las provincias de Cartagena  y Santa Marta y Nuevo Reino de Granada y Popayán y Río de San Juan: Por parte del capitán Jorge Robledo me ha sido hecha relación, que bien sabía cómo por informaciones que en el Consejo de Indias del Emperador Rey, mi señor, se han visto, ha constado como él pobló las ciudades  de Antioquia y Cartago y Santa Ana, y que al servicio de Dios y de su Majestad conviene que los dichos pueblos se conserven. Y que él, por servir a su Majestad como hasta aquí lo ha hecho, quiere volver a los dichos pueblos para procurar de traer de paz y al conocimiento de nuestra Santa Fe Católica, a los naturales de ellos y de sus comarcas. Y me fue suplicado  que, pues él había poblado las dichas ciudades, le hiciese merced de hacerlo gobernador de ellas  y cuando esto no hubiere lugar, pues vos habíais de poner un lugarteniente en ellas, vos mandase que nombraseis a él, porque con ser teniente en ellas  acabaría de poblar lo descubierto y haría otras cosas que Su Majestad sería muy servido, o como la mi merced fuese. Y porque acá tenemos  buena relación de la persona del dicho Jorge Robledo, vos mando que, habiendo hecho residencia del tiempo que fué teniente de gobernador en las dichas ciudades  y no le hallando en ella culpado, antes constándoos  que ha servido  bien y fielmente, y no habiendo vos  de aplicar  los dichos pueblos a ninguna gobernación sino poner en ellos un teniente, le pongáis  por vuestro lugarteniente en las dichas ciudades  entre tanto que Su Majestad otra cosa provee. Lo cual así haced  y cumplid, no habiendo allí otra cosa justa porque os parezca  que se deba dejar de hacer. Fecha en la villa de Valladolid, a 20 días  del mes de septiembre de 1544 años. Yo, el Príncipe. Por mandado de su Alteza Juan Sámano.

Y ahora, así  por vuestra carta  del 16 de octubre del año pasado de mil quinientos y cuarenta y cinco como por relación de otras personas, he sido  informado que estando  vos en la dicha provincia de Cartagena, antes de haber tomado  residencia  al dicho Jorge Robledo, hi haber hecho ni cumplido lo que por la dicha cédula suso incorporada se os mandaba proveísteis al dicho Jorge Robledo de teniente de gobernador de las dichas ciudades de Antioquia y Cartago  y Santa Ana, de que estoy maravillado de vos, pues como veis esto  no se podía hacer sin haber primero procedido lo que así por la dicha nuestra cédula se os mandaba . Y porque conviene que esto se reponga, vos mando que luego que esto recibáis, revoquéis al dicho Jorge Robledo los poderes que le disteis para ser vuestro lugarteniente de gobernador de las dichas ciudades, y proveáis que  no lo sea ni use más del dicho cargo. Y hecho esto, habiéndole vos tomado residencia y no le hallando en ella culpado, antes constándoos que ha servido bien y fielmente y no habiendo vos de aplicar los dichos pueblos  a ninguna gobernación sino poner en ellos un teniente, y no habiendo causa justa para dónde se deba dejar de hacer, en tal caso le podréis  volver a poner por teniente. Pero ha de ser como dicho es, precediendo todas las cosas suso dichas y no de otra manera. De Madrid, a 17 de abril  de mil quinientos y cuarenta y seis años. Yo, el Príncipe. Por mandado de su Alteza, Pedro de los Cobos. Señalada del licenciado Gutierre Velásquez, Gregorio López, Hernán Pérez.

Audiencia de Santa Fe, leg. 1249, fol. 1”

“Documentos Inéditos para la Historia de Colombia”, coleccionados  en el Archivo General de Indias de Sevilla por el Académico correspondiente JUAN  FRIEDE. Tomo VIII (1545 -1547); Bogotá; 1.960; Doc. Nro. 1829; pags. 140, 141 y 142.

Se  colige que  para  el 20 de de septiembre de 1544 la ciudad de Antioquia  no podía ciertamente ser aplicada  o incorporada en la jurisdicción  territorial y política de ninguna gobernación; situación que aún se mantenía el 17 de abril de 1546., cuando ya Robledo  estaba  próximo a llegar a la ciudad de  Antioquia, en su premura de que se le reconociera como teniente de gobernador de  las ciudades por él fundadas. La de Arma no contaba entre ellas; pero también se incluía para  el dicho reconocimiento. La Corte, enterada del desacato de Díaz de Armendáriz,  se lo reprochó sarcásticamente (“estoy maravillado de vos”), le ordenó  revocar los poderes conferidos a Robledo; pero, atendiendo a las buenas referencias  en relación con éste, facultó de nuevo al visitador y juez  para que lo nombrara su teniente, previa  la residencia  con información suficiente de buenos servicios  y lealtad inobjetable. Y se patentiza  que  el dicho Robledo  pretendía la gobernación  de sus fundaciones.

El  5 de junio de 1546  la Corona  emitió la siguiente cédula:

“El Príncipe

Mariscal don Jorge Robledo. Yo he sido informado que el licenciado Miguel Díaz de Armendáriz, juez de residencia de las provincias de Cartagena Santa Marta, Nuevo Reino de Granada y Popayán, y Río de San Juan, estando en la provincia de Cartagena, por virtud de una nuestra cédula, antes de os haber tomado residencia del tiempo que fuisteis  teniente gobernador de las ciudades de Antioquia y Cartago y Santa Ana, ni hecho ni cumplido ninguna de las otras cosas que por la dicha nuestra cédula se le mandaban  proveyóos de teniente  de gobernador de las dichas ciudades de Antioquia y Cartago y Santa Ana y os dio licencia para que pacificaseis lo que estuviese por pacificar en comarca de las dichas ciudades. Y porque esto no se pudo hacer conforme a la dicha cédula, de que suso se hace mención, sin primero haber precedido todas las cosas en ella contenidas, y a nuestra servicio conviene que no uséis más de dicho cargo, os mandamos que  luego que esta recibáis, os desistáis del  dicho oficio de teniente de gobernador y no uséis más de él, ni vos ni otra persona en vuestro nombre tengan las varas de la justicia de las dichas ciudades  hasta tanto que el dicho licenciado haya cumplido con lo que  por la dicha nuestra cédula se le mandó, y si algún descubrimiento quisiereis  hacer o hubiereis  sido enviado a él, no entendáis más en ello, ni consintáis que otra persona alguna lo haga en vuestro nombre, y lo dejéis todo en el punto y estado en que estuviere al tiempo que esta mi cédula os fuere notificada. Lo cual así haced y cumplid, so pena de perdimiento  de todos vuestros bienes  para nuestra cámara y fisco, demás de las otras penas en que incurren las personas que usan de oficios reales  para que no tienen poder ni facultad y quebrantan los mandamientos de su Rey y señor natural. Fecha en la villa de Madrid, a cinco del mes de junio de mil y quinientos  y cuarenta y seis años. Yo, el Príncipe. Por mandado de Su Alteza, Pedro de los Cobos. Señalada del licenciado Gutiérre Velásquez y Gregorio López” (Juan Friede; ob. Ib.; Doc. 1835; pags. 156 y 157).

Enterado el gobernador de la provincia de Cartagena, don Pedro de Heredia,  escribió al Rey, tachando de mentirosa la relación   suministrada por  Robledo. Éste  “entró  en cierta parte de la provincia de Cartagena y con la gente de ella y  con la que él traía pobló un lugar que se dice Antioquia. La cual se despobló  y se metió más adentro en la dicha gobernación de Cartagena y pobló un lugar que se dice Nori “, de donde  el Cabildo  llamó a Heredia para que  fuera, como en efecto lo hizo, siendo recibido sin contradicción alguna.

Recuérdese que en junio de 1542  Heredia  se tomó la ciudad  de Antioquia, en el Valle de Ebéjico, para lo cual  enfrentó y venció a quienes se le resistieron; pero fue lesionado en la mano derecha. Y, recuperada y trasladada por los de Belalcázar al Valle de Nore (Nori), en mayo de 1544 Heredia volvió sobre ella  y la tomó sin contradicción o  resistencia.

No se trataba , por consiguiente , de una nueva provincia — continúa Heredia –, “porque  la dicha provincia  es parte de  la gobernación de Cartagena y dentro de sus límites y descubrimientos  que había sido andado mucho antes por mí por los licenciados  Juan Vadillo y Santa Cruz , jueces de residencia que fueron en la dicha provincia de Cartagena , y con la  gente de pie y de a caballo de ella”. Éste, el pilar  de su alegación. Ciertamente, los de Cartagena  precedieron a los de Belalcázar, en particular a Robledo: Francisco  César llegó hasta “Guaca” y luchó contra  el cacique Nutibara, quien señoreaba incluso  en el territorio que sirve de asiento a la ciudad de Frontino; y Juan Badillo  anduvo por  Buriticá, en donde la inaudita crueldad  de su avaricia insatisfecha y engañada  sacrificó al cacique  del mismo nombre. Sin embargo: no hicieron fundación o población, ni pacificaron región alguna; lucharon por el botín, o simplemente porque fueron atacados, como intrusos que eran; nada más. En tanto que Robledo  unió  al sueño de la fortuna  el del poder: la pacificación, el dominio territorial y las fundaciones, que no se demeritan porque en el fondo  acariciara  también el sueño de  gobernador. No se trata de conjeturar, sus  hechos lo revelan así.

Prosigue  Heredia:

“Y por la dicha relación que hizo  el dicho Jorge Robledo, Vuestra  Alteza  dio una su cédula, dirigida al licenciado Miguel Díaz de Armendáriz, juez de residencia de Cartagena y de otras provincias, para que, ante todas cosas, tomase residencia al dicho Jorge Robledo, y si hallase  que la dicha provincia de Antioquia, que se dice de Nori, no cae en la gobernación de Cartagena y de Popayán, diese la tenencia  de la dicha gobernación al dicho Jorge Robledo. Y el dicho licenciado Miguel Díaz, sin tomar la dicha residencia al dicho Jorge Robledo y sin averiguar en cuya gobernación  y provincia está  y cae la dicha provincia de Antioquia y sin guardar cosa alguna de lo contenido en la dicha cédula de Vuestra Alteza, proveyó de gobernador de la dicha provincia al dicho Jorge Robledo y crió nuevos oficiales y les consignó a cuatrocientos mil de salario, sin tener licencia  ni autoridad de Vuestra Alteza  para ello. Y ahora nuevamente a mi noticia es venido que por Vuestra Alteza sabido, mandó dar y se ha dado una cédula real para el dicho Jorge Robledo, para que luego que le fuere notificada no use él, ni otro en su nombre, de la jurisdicción de la dicha provincia, ni haga descubrimiento alguno; y si lo ha empezado a  hacer, cese y se desista de todo ello y lo deje en el punto y estado que estuviere  al tiempo que le fue notificada la dicha cédula, según que más largamente en ella se contiene”.

Y sigue la alegación de Heredia, para  concluír con la solicitud  de un cédula real que retrotraiga la situación  al estado  en que se hallaba cuando Díaz de Armendáriz  proveyó a  Jorge Robledo. Es decir: cuando Heredia estaba en posesión de Antioquia, en donde  fue recibido pacíficamente. “como cosa que entra y está  en los límites de mi gobernación y  hasta tanto que por Vuestra Alteza sea averiguado y determinado de cuya  provincia y jurisdicción es la dicha ciudad de Nori y su comarca, y provea lo que más convenga a su servicio, en lo cual, administrando justicia, le hará merced”  (Juan Friede ; ob. Ib; Doc.  1834; pags. 153 y 154).

Pero Belalcázar no anduvo a la zaga: también alegó a su manera  y según su interés  o  conveniencia. El 10 de febrero de 1545 le escribió al Rey:

“………. También me dicen y afirman los que ahora vienen de esos reinos, que Jorge Robledo pide en Gobernación a V. M. con mucha instancia la villa  de Santa Ana de Anserma y Cartago y Antiochia, diciendo haberlas él descubierto y poblado, constando a V. M. haber yo muchos años ha descubierto la dicha villa de Anserma y desde allí a vista de ojos todas las demás donde ahora está poblado Cartago y aun parte de muchas de ella paseado, porque  visto es ser descubierto todo aquello que por los ojos se ve, en lo cual se aprehendió posesión, porque en medio de Anserma y Cartago no hay más de un río grande, que es el de Santa Marta, y a la sazón no se pudo pasar … Y si Jorge Robledo dice haber él poblado a su costa estos pueblos, él nunca tal posibilidad tuvo ni alcanzo, porque Lorenzo de Aldana en mi ausencia por mandado del marqués le envió allá sin que  tuviese otro poder para tomar ni repartir indios ni aun contratar con los naturales como parecerá por la instrucción que para ello le dio, la cual suplico a V. M. la mande exhibir en su real Concejo para que parezca claro lo que digo a que me remito y después V. M. en gratificación de mis servicios, constando el dicho descubrimiento haber sido a mi costa, me hizo merced de las dichas tierras en gobernación …” (Boletín Histórico del Valle, p. 421; rev. Antioquia Histórica, Nros. 41 y 42, p. 130)

“Por los memoriales desabridos de Belalcázar al rey, al visitador Armendáriz, se comprende que no estaba dispuesto a verse sobrepujado por su antiguo capitán, ni a ceder a lo que consideraba  pertenecerle por todos los días de su vida; ni aun siquiera  a dejarse residenciar hasta que le viniera en deseo” (Vida del Mariscal Jorge Robledo; Emilio Robledo; pág. 198).

De Cartagena  salió Robledo  en dirección a la ciudad de Antioquia, siguiendo la vía de Urabá, “… donde  dejó a su esposa doña María de Carvajal  con gente de su parentela y personal de servicio… y a mitad del camino entre Urabá y Antioquia, como se dijo, se encontró con Alonso Díaz Madroñero, Gaspar de Rodas y otros vecinos de aquella ciudad que iban presos a Cartagena, depuestos de sus cargos por Isidro de Tapia y sus amigos. Robledo, con la autoridad que traía de Miguel Díaz, soltó a Rodas y algunos de sus compañeros;  pero remitió a Madroñero en la misma condición de preso a Cartagena, causándole nuevo agravio a Belalcázar, pues   aquél  era su Teniente de Gobernador.

Llegado a la ciudad de Antioquia  el 24 de abril de 1546, entró sin resistencia alguna y fue recibido y obedecido como teniente de Gobernador de Miguel Díaz de Armendáriz, lo que desde luego debió ser de total agrado de los que se habían tomado el poder contra los  partidarios de Belalcázar” (Antioquia Bajo los Austrias; Tomo I;  pág. 93; William  Jaramillo Mejía).

Al fin y al cabo, Díaz de Armendáriz  regía – como Juez de residencia – la gobernación de Cartagena, y fue él quien, con más laxitud que prudencia, y contrariando la voluntad real, decidió lo relacionado con  Madroñero y compañía. Esto le  comunicó  al Rey, desde Santa Marta, según carta del 8 de julio de 1546:

“ ………Ha dos meses que, yendo el  mariscal Robledo a la ciudad de Antioquia a ponerla en paz, por las deserciones que entre los vecinos de ella había, como antes de  ahora lo tengo a Vuestra Majestad escrito, topó en el camino gente de ella que traían presos a un bachiller Alonso Díaz Madroñero, capitán, y a otros cinco de la gente de Benalcázar. Y fue que una, una mañana,  entró el dicho Madroñero con ciertos soldados  que consigo traía al punto del día, y a fuerza de armas se apoderó de la ciudad y en voz de  Benalcázar quitó las varas a la justicia que en nombre del adelantado Heredia allí estaba, y envió preso a un licenciado Diego Hernández Gallegos,  que por teniente estaba, con otros ciertos vecinos a Benalcázar; donde a pocos días, estando los dichos de parte del adelantado Benalcázar con descuido, fueron presos por los del adelantado Heredia y traídos, como digo, el dicho Robledo me los envió. Y por no haber parecido culpa contra los cinco de ellos, obligados a obedecer a lo que  les fue mandado por el dicho Benalcázar y  por su capitán, fueron por mí dados por libres. El dicho Madroñero está por sentenciar y, aunque no tengo información bastante sustanciada contra él, por dos informaciones simples, parece crecer cada día en los delitos, sobre que Vuestra Majestad me mandó enviar una cédula Real contra él, con cierta información. Porque por su confesión, allende de las dichas dos informaciones, parece haber muerto y mandado matar ahora de nuevo ciertos indios en la dicha provincia de la ciudad de Antioquia. Por estar el tiempo del arte que está en estas partes, tengo entendido ciertamente que si hiciese justicia del dicho Madroñero sobre el mal tratamiento de indios, como Vuestra Majestad por su Real cédula me lo manda, sería alborotar toda la tierra de la gobernación de Popayán y el Nuevo Reino de Granada, pues no puedo cumplir a la letra lo que Vuestra Majestad me manda, y en esto pienso que le sirvo más. Enviarélo preso a España, aunque no sea de por más  de por apartarlo, porque tiene fama de hombre bullicioso y demasiadamente carnicero en mal tratamiento de  indios …” (DOCUMENTOS INÉDITOS PARA LA HISTORIA DE COLOMBIA   –1545- 1547–, coleccionados en  el Archivo general de Indias de Sevilla por el Académico correspondiente Juan Friede, de orden de la Academia Colombiana de Historia; Vol. VIII, Bogotá, 1960, Documento 1841, pág. 180).

Era claro que Robledo tenía muy a pecho  la autoridad que le otorgó Díaz de Armendáriz, y que en  su condición de gobernante incurría en ligerezas que no sólo herían en lo más vivo a Belalcázar, sino que  menospreciaban el poder de reacción de éste. Igual, su estada en Antioquia fue transitoria, pese a que  no se hallaba en el sitio de su inicial  fundación,  y  en ella  había mucho qué hacer en materia de justicia.  Así  lo informó al  Rey el 8 de septiembre de 1546 desde  Tucurumbi,  sitio indeterminado:

“  Yo llegué a la ciudad de Antioquia en 24 del mes de abril… me partí sin entender en cosa de justicia ni de reformación, aunque había  harta necesidad, y al río Grande, diez leguas de la ciudad  donde poblé una villa del nombre de Santa Fe  y dejé en ella  las personas que traían cuadrilla de negros para que hicieran sementeras y empezasen a sacar oro, porque allí son las minas muy ricas, y de allí me partí a la villa de Arma, donde llegué el 22 de junio…”.

Pedro Cieza de León  escribió: “Porque le pareció que estaría  bien un pueblo de cristianos en las llanuras del río Grande, por las grandes minas que había en aquella comarca, fundó una villa a la cual puso el nombre de Santa Fe, en la cual dejó por capitán a Jerónimo Luis Tejelo” . Y:

“Deste Pueblo que estaba asentado en este  cerro que se llama Buriticá, nasce un pequeño río; hace mucha llanada, casi a manera de Valle, donde está asentada una villa de minas que ha por nombre Santa Fee, que pobló el mismo capitán Robledo y es sufraganea de la cibdad de Antiochia…” (Citas que de Cieza  hace  Antonio Gómez Campillo en su estudio: LA CIBDAD DE SANTAFE DE ANTIOCHIA, publicado en: Repertorio Histórico,  órgano de la Academia Antioqueña de Historia, Vol. 15, Imprenta Departamental, Medellín, págs. 436 y 437).

Robledo no dijo cuándo partió de Antioquia; pero de sus palabras se infiere que estuvo poco tiempo. Se fue con setenta soldados, y dejó en su lugar, como teniente suyo, a Diego de Mendoza

También  de paso,  pobló o fundó, al parecer sin resistencia indígena,   la villa de Santa Fe. Se ignora la fecha.  En ella dejó como capitán a Jerónimo Luis Tejelo.

“Para precisar la fecha de esta fundación hay que recordar la citas que hice antes en la que el mismo Robledo en memorial al Rey le dice que fundó esta Villa de Santa  Fe  — Dice que llegó a la ciudad de Antioquia el 24 de abril de 1546 y que salió de la Villa de Santafé para la villa de arma y donde llegó el 22 de junio

“Diez leguas de la ciudad de Antioquia donde poblé una villa de nombre Santafé”. O sea la fundación de esta Villa debió ser en el mes de mayo o primeros días del mes de junio de 1546” (“Documentos y Estudios para la Historia de Medellín”, Pbro. Javier Piedrahita Echeverri; pág. 95).

Recuérdese  lo que se advirtió antes   en lo que atañe a la vaguedad de   algunos conceptos sobre comportamientos  que denotaban  señorío o posesión territorial. Robledo escribió que a diez leguas de la ciudad de Antioquia  POBLÓ “una villa de nombre Santafé”. Cieza de León  escribió  que Robledo FUNDÓ una villa “a la cual puso de nombre Santa Fe”; o: POBLÓ   “una villa de minas que ha por nombre Santa Fe”. ¿La fundó?, ¿la pobló?. Era un asiento minero. No fue menester  pacificar la región. No mencionan actuaciones que implicaran la toma de posesión, ni hablan de acta de fundación y nombramiento de Cabildo, y tampoco se  ha encontrado  algún documento  a este respecto. Simplemente, la dejó al cuidado de Jerónimo Luis Tejelo.  Claro que, si era SUFRAGÁNEA de la ciudad de Antioquia,

como afirma Cieza de León,  no requería de Cabildo, puesto que entonces  dependía de la jurisdicción de Antioquia, la cual  ciertamente  fue fundada por Jorge Robledo, razón de más  para que la Villa se entienda  “fundada” por él, si de “fundar” se trata.

Robledo fue   apresado al cuarto del alba del 4 de octubre de 1.546,  y al día siguiente  fue condenado a muerte y ejecutado  por Sebastián de Belalcázar.  Ocurrió en  “La Loma del Pozo” (Se dice que en donde  hoy está el municipio de Pácora, Caldas). Refiriéndose a la muerte de Robledo, Raúl Aguilar Rodas cita de “La Guerra de Quito” a Cieza de León, aunque en lenguaje moderno:

“…. Dióse  un pregón sobre que todos los que había venido con él  se metiesen en sus estancias y aposentos, so pena de muerte, lo cual oído por el mariscal dio  un golpe en la tabla diciendo: “ ¡Matarme quieren sin falta!” Cuando esto pasaba ya estaban  algunos de los del adelantado armados con los arcabuces en las manos, y viniéronle a decir de parte del adelantado  que se confesase y encomendase a Dios, porque había de morir; a esto que le dijeron respondió: “¿quién lo manda?  Dijéronle que el adelantado, a lo cual tornó a responder no más de decir: “¡Bendito sea Dios!, llámenme  un clérigo que me confiese”; y estando ya prevenido vino el padre Rojas, que le confesó, y por ante el notario Pedro Sarmiento hizo su testamento: dábanle tan gran prisa, que aun no querían que del todo acabase de ordenar su ánima; él con gran mansedumbre decía que aguardasen un poco, que no tardarían mucho.

“Después de haber hecho su testamento y nombrado sus albaceas, dijo que dejaba por su  heredera a doña María de Carvajal, su mujer, la cual ponía debajo de el amparo del príncipe nuestro señor, a quien suplicaba las mercedes que a él le había de hacer por los servicios que le había hecho, las mandase hacer a ella, pues por su servicio moría. Esto pasado pidió unas horas y rezó un gran rato; algunos cristianos y amigos suyos  yban a le verle llorando y dando grandes gemidos, a los cuales él consolaba con palabras amorosas y dichas de tal varón como él fue, diciéndoles que no llorasen, que la muerte a todos los hombres era común, y que sus pecados merecía que él muriese la que le daban, por donde no mostraba grande sentimiento; que les rogaba se acordasen en sus sacrificios dél y se de servir a su majestad, a donde quiera que se hallasen.

“Entre los que fueron a despedirse dél allegó un señor Alonso de Carvajal; con la vista deste recibió gran pasión; encubriéndola lo mejor que pudo, le rogó que procurase ir  donde quedó doña María, su mujer, a consolarla, y de su parte le hablase que lo perdonase por haberla traído de España a pasar tan grandes trabajos. En esto diósele mayor prisa y él se levantó adobándose una ropa larga de damasco pardo que tenía puesta, y un sombrero pequeño de terciopelo negro; el alguacil le dijo que perdonase al adelantado; respondió que era contento, y siendo ya venida la hora final de su vida, mirando contra los que estaban presentes dijo, con una gran voz: “¿Quién me ha de matar?”  Respondiéronle que un negro le daría garrote; tornó a decir: Pues, ¿cómo?, ¿yo no soy caballero?, ¿no hay un morir degollado?, mas tronando(sic) a recogerse, mirando en estas honras y vanas pompas deste mundo perecen, conformándose con su calamidad, dando una castañeta dijo: “Haced lo que quisiéredes y máteme quien mandáredes”  Como esto dijo, tomó él mismo el garrote y lo puso en su garganta, pidiendo a Dios nuestro señor Perdón, y lo mismo a todos los que habían recibido dél algún daño, llamando en su ayuda a nuestra señora  su benditísima madre, con ánimo valeroso y allegado a gran ser y  cristiandad, sin hacer mudamiento en su persona, ni señal de tristeza en su rostro, teniendo en poco la muerte, pesándole por lo que a Dios en la vida había ofendido, se arrimó al estante de la casa y el verdugo dio una vuelta al garrote, y diciendo que perdonaba a los que le mataban y que él pedía a Dios perdón de sus pecados, feneció; ¡plega a Dios le haya perdonado!” Y luego le cortaron la cabeza” (ob. Ib; págs.81,82 y 83).

Darle violentamente la  vuelta a  un garrote  a la altura de la garganta ocasiona  daños mortíferos. Esta fue la ejecución que padeció el Mariscal Robledo. Debe desecharse, por consiguiente, la creencia de que fue muerto a garrotazos. Ningún negro lo cogió a garrote.

Como él fueron condenados a muerte y ejecutados: Hernán Rodríguez de Sosa, después, y a los dos días de la muerte de Robledo: Baltasar de Ledesma y Cristóbal Díaz. Belalcázar se fue   hacia la villa de Arma, a donde no permitió que se llevara  a enterrar en su templo ninguno de los “ajusticiados”. Su capitán Francisco Hernández  ordenó  ejecución similar de Juan Márquez de Sanabria, dizque por “traidor. Los cuerpos fueron enterrados en un bohío que se sometió al fuego con miras a sustraerlos del canibalismo indígena; pero: aun  así, los indios los desenterraron y se los comieron. En lenguaje de Cieza de León:

“Al comendador Hernán Rodríguez de Sosa, y a Baltasar Ledesma les fue dado garrote; la justicia que hobo para lo uno, hobo para lo otro: el pregón decía: por amotinadores. Al tiempo quel Adelantado se quería partir para la villa de Arma, algunos criados y amigos de ROBLEDO le suplicaron diese lugar para que lo pudiesen llevar á enterrar a la iglesia que estaba en la villa, pues no era tan lejos. Añadiendo pecado á pecado no quiso, diciendo que no era tiempo de llevar cuerpos muertos. Partido de aquel lugar el Adelantado, su capitán Francisco Hernández, mandó dar garrote a Juan Márquez por traidor. Los cuerpos de los muertos fueron enterrados en una casa de paja de los indios, que en estas partes comúnmente llamados bohíos, la cual quemaron porque los indios no los sacasen; mas poco aprovechó esta diligencia porque  luego,  en yéndose los cristianos, los sacaron y los comieron a todos”. (Tomado de: Vida del Mariscal Jorge Robledo; de Emilio Robledo; pág. 233)

Cuando lo supieron los de la ciudad y la villa, se apresuraron a ausentarse, temiendo  correr la misma suerte del mariscal.  Belalcázar nombró  a  don Gaspar de Rodas su Teniente de Gobernador de Antioquia, y con él envió  como Juez a Juan Coello, éste “con buenos deseos de colgar a muchos”; pero  Rodas  les avisó mediante cartas  secretas. Él y Coello Hallaron la ciudad vacía: sin moradores (Fray Pedro Simón; Ob. Ib; pág. 234). Como Teniente de Gobernador,  Rodas  debía de  retomar  nuevamente la ciudad  para Belalcázar,  pues  aún  la gobernaban los de Heredia. La desbandada de los vecinos le facilitó la gestión.

Rodas  fue el  poblador, protector e impulsor  de Antioquia y Santa Fe. Nació en  Trujillo (España) probablemente en 1524  y falleció en Santa Fe de Antioquia el 9 de julio de 1607, siendo gobernador de la Provincia de Antioquia. Nunca contrajo matrimonio; pero tuvo dos hijos en una india, al parecer hija del cacique de Peque, llamados  Alonso y María.

En 1549 la villa de Santa Fe  decayó  en demasía: algunos colonos vivían en las minas de Buriticá; no moraban en ella  hombres con calidad  para ser alcaldes y regidores. En carta que Belalcázar envió al rey el 3 de noviembre  de  1549 ni siquiera la menciona  entre los pueblos de su jurisdicción: “Después de serme hecha la merced (de la gobernación de Popayán), se han poblado en esta gobernación las villas de Pasto, y Madrigal, Arma y las ciudades de Cartago y Antioquia  y la villa de Caramanta” (Jaramillo Mejía; ob. Ib.; Tomo I; pág. 137).  Pero ya se  habían dado órdenes a Rodas para que, como Teniente de Gobernador, la  refundara.  No hubo refundación, simplemente la pobló en 1550 y estuvo atento a que  se vigorizara con vocación de futuro.

El 24 de abril de 1550 llegó a Cali el licenciado Francisco Briceño, Juez de residencia de Belalcázar y, para el efecto, nuevo  gobernador de Popayán; nombró a Rodas su Teniente de Gobernador para la villa de Santa Fe y designó  para la ciudad de Antioquia al capitán Alonso Matamoros.

Sebastián de Belalcázar o Benalcázar debió nacer  de 1485 a 1491  en “Benalcázar”,  villa perteneciente a la provincia de Córdova (España), de origen humilde, su apellido era: MOYANO,  nada se sabe de sus padres, “no sabía escribir, hacía dos señales de firma. Asustado de la soledad pasó  vagabundo muchos años; confundiéndose con los venteros y arrieros  llegó por primera vez a Sevilla, se presentó en la casa de Contratación y para ir tras la aventura borró su apellido por el simple de Benalcázar” (NEVADOS DE ECUADOR Y QUITO COLONIAL, Ángel Nicanor Bedoya Mauri. Editorial Casa Ecuatoriana, Quito, 1976, pág. 71). Se  tiene demostrado  que el nombre de la ciudad en mención no es “Benalcázar”, sino “Belalcázar” (J. C. García V. Ob. Ib., pág.76). Condenado  a muerte  por el Juez  Francisco Briceño (entre otros cargos, por el de la muerte de Robledo), Belalcázar apeló la sentencia, y cuando por ello  se aprestaba  para embarcarse hacia  España  falleció en Cartagena el 30 de abril de 1551.

Ironías del destino: Pedro de Heredia  atendió en Cartagena a Sebastián de Belalcázar, y hasta pagó su entierro. Después Heredia  partió para España, acosado por la residencia que le adelantaba Juan Maldonado; Pero cuando llegaba a la península, una tempestad arrasó  con la embarcación, y él se ahogó. Era el 27 de enero de 1554. Nunca fue  encontrado su cadáver.

A principios de 1555, probablemente en enero,  los indios catíos, comandados por el cacique Toné,  quemaron la ciudad de Antioquia, quedando gravemente en peligro las villas de Caramanta y Santa Fe. Los de esta solicitaron ayuda a la Real Audiencia  en febrero de 1555

El 26 de julio de 1555 la Real Audiencia comisionó al capitán Andrés Gómez Hernández para la pacificación de los indios y la reedificación de la ciudad. Dos feroces enfrentamientos  hubo de sostener con los indígenas: en la  fortaleza del Valle del Penderisco (Urrao) y  en  la de un sitio llamado Novobarco o Nogobarco (cerca de Dabeiba). Toné fue derrotado; pero no muerto, “mandó pedir la paz” (Jaramillo Mejía; Ob. IB; Tomo I, pág. 142). Acosados por las llamas fueron saliendo (bajando) de la fortaleza los indígenas; los peninsulares  castigaron a unos, y  “á otros menos culpados  enviaban libres, con cruces en las manos , diciéndoles que dijesen lo que había pasado con los demás, y cuán bien  les estaba salir de paz y amistad á los cristianos; lo que no fue de poco provecho, pues salieron muchos dándola , y entre ellos el cacique Toné” (Fray Pedro Simón; Ob. Ib. Págs. 279 y 280). Y el mismo  cronista habla de un nuevo “alzamiento”  indígena provocado por Toné (pag. 326).  Después  de su  triunfo en Novobarco,  Gómez Hernández reedificó la ciudad  de Antioquia en el asiento de la anterior, dejando en ella como su Teniente a Francisco de Barahona, en compañía de veinte soldados. Pronto, sin embargo — siendo tan reducido el grupo de  vecinos –, la hostilidad de los indios y  la falta de sustento forzaron  el abandono de  todos sus  moradores. De nuevo la ciudad  quedó vacía.

Acaso el título de ciudad  y el derecho a usar escudo de armas, aunados al recuerdo grato de su fundador, que no la necesidad o conveniencia de contar con una población cerca de las minas de Buriticá, pues para ello estaba  la Villa de Santa Fe,  animaban a los españoles  a no dejar desaparecer  definitivamente la ciudad de Antioquia. El gobernador  de Popayán  Don Alvaro  de Mendoza Carvajal  comisionó  una reconstrucción al capitán Juan Taborda, su Teniente de Gobernador en la  villa de Santa Fe  (1566 -1569), la cual  realizó  en 1568 en un sitio llamado “Nogoba”, tras pacificar a los indios “Brutos”, “Noque” y “Nogobará”.  Le nombró Teniente  al Capitán Leonel Ovalle. Como antes, el acoso indígena precipitó su despoblación.

A la muerte de  don Juan Taborda, en septiembre de 1.569, el  citado gobernador  designó en su reemplazo a Don Gaspar de Rodas,  quien por encargo suyo, en vía de pacificación de indios y fundación de poblaciones,  el 10 de septiembre de 1570 fundó la ciudad de San Juan de Rodas en la provincia  de Ituango, y luego, en  ese mismo semestre, reconstruyó  la ciudad de Antioquia a orillas del río “La Borrachera”, donde  aún estaba en febrero de 1571 cuando se produjo  la llegada de  don Andrés de Valdivia  como primer gobernador de la Provincia de  Antioquia, título que le fue otorgado  el 24 de agosto de 1.569.

“A poco de fundar a San Juan de Rodas en Ituango y haber ordenado  que la pasaran más al norte, tomó Rodas camino hacia el sur, a la provincia de Pequi, donde junto al río  de la Borrachera refundó la Ciudad de Antioquia “la vieja”, en la misma región en que la primitiva había sido destruida por los indios a principios de 1555 y de cuya reedificación se habían hecho dos intentos” (Jaramillo Mejía; Ob. IB, Vol. II, pág. 65).

En abierto  desacato  que le  valió ser investigado, porque su  Gobernación no incluía los territorios fundados, Valdivia  se instaló en la villa de Santa Fe y acercó la  ciudad de Antioquia por intermedio de  Rodrigo de Santander y Antonio de Tovar , quienes la trasladaron  al sector conocido con el nombre de:  “La  Loma de la Fragua”.  El traslado fue dispuesto  en octubre de 1572 (Jaramillo Mejía; ob. Ib. T. II; pág. 90).

¿La Loma de la Fragua?

En la visita  del oidor Francisco Herrera Campuzano (1615) “dice un indio  que el capitán Juan de Luna murió hace diez  y nueve años, que fue cuando Pedro Martín entró en la jornada de Guazuce, y que el repartimiento de Penco queda en la Loma de la Fragua a dos leguas de las minas de Buriticá. La encomienda está cerca de las de Rodrigo de Carvajal y Manuel López (Jaramillo Mejía; ob. Ib.; T.II; pág. 444).

En su ruta hacia Buriticá y  el  “Valle de Ebéjico”,  el Mariscal Robledo y su gente vadearon el río Cauca ( o de Santa Marta)  por el punto que a fines del siglo XVI se llamó “El Paso de Ruy Díaz”, al norte  cercano  de lo que hoy es  el  corregimiento de Sucre ( Municipio de Olaya); entonces  prosiguieron ya por la  ribera izquierda del  mencionado río, aventurándose luego  a la loma de Buriticá hasta que en sus idas y venidas ascendieron a “la provincia de Currume o Curume, que hoy se conoce con el nombre  de las cuatro, situada  al pie del cerro Fragua, enfrente de la población de Sabanalarga”. Se le denomina cerro o Loma de la  Fragua porque  allí  la expedición  hubo menester de herrar  los caballos, para lo cual  usaron borceguíes, tablones, árboles, pala de hierro y olla de cobre, con que  hicieron una fragua; y de cadenas y estribos de hierro, el puñalero  Bartolomé Hernández  elaboró  clavos y herraduras (Vida del Mariscal Jorge Robledo; Emilio Robledo; Biblioteca de Autores Colombianos; pags.151 a 154)

En 1571 Valdivia solicitó a la Corona la incorporación de la villa  de Santa Fe a  su Gobernación. Don Jerónimo de Silva, Gobernador de Popayán, la reclamó para su jurisdicción, y la Real Audiencia dispuso  que  no perteneciera a ninguna  hasta cuando decidiera  el Consejo de Indias. Al año siguiente este resolvió que ella y San Juan de Rodas  pertenecían a Popayán, aunque sólo se supo  en 1573. Taimado y de mala fe, Valdivia  persuadió a los  habitantes de San Juan de Rodas

Para que pasaran a este lado del río Cauca, al de acá,  al suyo, lo cual logró en  1574, pues el único que se oponía era el alcalde, Alfonso Díaz. Hecho el traslado, les confesó la argucia: asentar a San Juan de Rodas  en los términos de su gobernación, es decir: entre los dos ríos (Cauca y Magdalena).

A la muerte violenta  de Valdivia, entre abril y mayo de 1575, don Gaspar de Rodas, quien investigó y sancionó a los culpables, y lo reemplazó después,  también pidió al rey  la incorporación de la villa de Santa Fe,  que  al fin   fue ordenada  por  cédula real de octubre 30 de 1584.

Extraño destino  el de la ciudad de Antioquia: mientras los  españoles  querían  conservarla, los catíos  se empecinaban  en destruírla. No obstante el querer de aquéllos, la  “Loma de la Fragua”, a dos leguas de las minas de Buriticá, fue el último asiento independiente de la ciudad, sus vecinos  no soportaron la belicosidad indígena, se fueron definitivamente  para la villa de Santa Fe, incluyendo los últimos  alcaldes ordinarios: Rodrigo de Santander y Pedro Jaramillo de Andrade. Con todos  sus títulos y prerrogativas,  la ciudad  se incorporó a la villa.

Santa Fe, que hasta entonces fue sufragánea de Antioquia; Santa Fe, que en 1549 estaba casi acabada; Santa Fe, que era  villa, recibió a la ciudad  de Antioquia, fusionándose ambas,  constituyendo un todo unitario  de veras nutricio para  sus generaciones y las que les sucedieron.