ALBERTO VELÁSQUEZ MARTÍNEZ

EL MOVIMIENTO COMUNERO Santa Fe de Antioquia no fue ajena al movimiento comunero que dejó escuchar su voz por primera vez en El Socorro, bravía tierra santandereana. Si estos alzaron la bandera de su rebelión ocho años antes a la Toma de la Bastilla parisina, en tierra antioqueña fue simultáneo al grito de las tierras santandereanas. En ellos “renacía el derecho de los comunes para enseñar a las autoridades el trato que correspondía al pueblo”. Fue una revolución que se inspiró en causas económicas, sociales y agrarias esencialmente. Y constituye el prólogo a lo que serían las guerras de Independencia en donde sobresalió no sólo la espada y el pensamiento del caraqueño Bolívar sino del general ríonegrero José María Córdoba en cuyas goteras – La Mosca y Guarne – se encendió la chispa de los campesinos – indios, negros y mestizos – sometidos a la implacable férula del patrón despótico. Sobre ellos cayeron como plagas, impuestos sobre las alcabalas, las guías y tornaguías y la persecución inhumana sobre las siembras de tabaco y gravámenes sobre el mazamorreo de las minas. Además, “ los esclavos se vendían como bestias y en las haciendas los indios contaban como ganado”. Era el año de 1781 que le abría camino a 1810…

Ese movimiento comunero, que brota del común de las gentes, es fruto del desespero de los de abajo. La voz de la insubordinación de El Socorro, llega hasta tierras antioqueñas. El ejemplo de Galán es imitado – y años después realzado por los versos del gran poeta paisa Carlos Castro Saavedra – por Juan de Lastra, quien desenfunda su espada para protestar contra los vejámenes del Alguacil de la región que con hombres a su servicio arrancó el tabaco, cosechado por manos elementales, para arrojarlo a las aguas del río Cauca. Lastra fue secundado por un grupo de cosecheros quienes a voz en cuello, anunciaron que defenderían sus cultivos hasta morir, ante la mirada atónita de los funcionarios coloniales.

El tumulto fue creciendo y se escuchaban voces que no sólo desconocían el poder de las autoridades sino la obediencia al mismo rey. Ante la valerosa actitud de los amotinados, el alguacil mayor y su tropa retrocedieron en su empeño de quemar sus cultivos e informaron sobre el fracaso de sus gestiones al gobernador Lorenzana. Este, alarmado, quiso apoyarse en los llamados “blancos” para darle a ese movimiento el contenido  de lucha de clases, estrategia  extravagante  que no tuvo el apoyo al cual aspiraba la autoridad. Antes por el contrario, avivó la explosión de inconformidad de los parajes vecinos a Santa Fe de Antioquia, como.  La Nuarque, El Tablazo, El Rodeo, La Miranda,  Sacaojal,  nombres que perduran  en su mayoría en nuestra historia regional.

La actitud de los amotinados desesperaba e inquietaba a las autoridades, quienes recurrieron al párroco de Sacaojal para que escuchara las peticiones de los querellantes. Este los oyó y ante el gobernador Lorenzana planteó las exigencias de los comuneros que no eran otras que las de extinción de los estancos de tabaco y aguardiente, así como la de no impedir la siembra y beneficio del tabaco. El gobernador vio en ese mínimo pliego de peticiones, una difícil aceptación y reunió a los vecinos de Santa Fe de Antioquia para consultar lo que se debía hacer. Por votación se decidió que el párroco de la ciudad hablara nuevamente con los insubordinados, quienes al final de muchos forcejeos, aceptaron la continuidad del estanco del tabaco, pero que se les admitiera la siembra del mismo, dentro de la jurisdicción de la población. El gobernador  aceptó, para luego violarlas.  La autoridad se reforzó y a pesar  de haberse diseminado su ejemplo revolucionario por Sopetrán y San Jerónimo, la tropa mejor armada que los campesinos, los sometió,  siendo azotados y exterminados  sus cabecillas. Aquí habrían podido recitar los traicionados aquellos versos del juglar anónimo de la época : “… Acallen los a tambores/ y vosotros sedme atentos / que ese es el romance fiel/ que dicen los comuneros / presto le advierte el fiscal / que al Alcalde vaya luego / el Alcalde lo trasporta / surcando valles y cerros / para que el Corregidor / le confíese sus duelos: /  El Corregidor lo empunta / cargado de muchos pliegos /  diciendo que el Protector / es quien atiende sus ruegos / y el Protector lo dirige / al Oidor santafereño / Oidor que no tiene orejas / y que acuerda sin Acuerdo…/ resta al indio querellante / como su nuevo consuelo / el Rey de España y de Indias / ¡ Pero el Rey está muy lejos ¡.  Aquellas voces no se apagaron;  tomaron como himno los anteriores versos, como ya lo habían adoptado los comuneros de Santander. Años más tarde resonarían cuando en la misma ciudad se dio el grito de independencia en 1813.

A los nombres de José Antonio Galán, Manuela Beltrán, El Socorro, San Gil, Mogotes, en Santander, se unen desde este lado del Río Magdalena, Santa Fe de Antioquia, Sopetrán, Guarne, así como los de José y Martín Lastra, Javier García y José Ortiz. Todos ellos fueron precursores de lo que 40 años más tarde ardería en Bogotá como la primera mecha de la libertad granadina, lo que sería respuesta con gran retraso en el tiempo, a lo que interrogaba en su momento el poeta Cariaco de Archiva: “ ¿Por qué no se levanta Sana Fe / por qué no se levantan otros tales / en quienes opresión igual se ve / y con mayor estrago de los males ? /. Sólo El Socorro tiene que ser el que / ha de llegar primero a tus umbrales? “. Por supuesto que otra Santa Fe, la de Antioquia, se levantaría acompañando la tierra santandereana, como anticipo a lo que en 1810 haría la hoy capital del país.

LA PRIMERA CONSTITUYENTE El talante del antioqueño ha sido el del hombre libre, como lo resumió muy bien en su himno Epifanio Mejía. Y ese talante brota, no sólo desde el mismo grito comunero, sino que desde la primera Junta escogida en Antioquia, luego del grito de independencia de 1810 en Bogotá, declarara sin ambages que ante la abdicación de Fernando VII, el pueblo antioqueño reasumía su soberanía.

En 1811 se instaló en Santa Fe de Antioquia la primera Asamblea Constituyente a la cual asistieron delegados de la misma ciudad, así como de Medellín, Marinilla, Rionegro y el Nordeste, todos con el carácter de diputados. En el juramento de instalación, fuera de invocar el nombre de Dios, se reconocían los derechos de libertad, seguridad y propiedad, con omisión absoluta del nombre real. La Asamblea instaló el Colegio Constituyente, el cual fue presidido por Juan Carrasquilla de Medellín y como Secretario actuó José María Hortiz, quien luego sería el Secretario de Hacienda y de Guerra de Don Juan del Corral, cuando se firmó el Acta de Independencia de Antioquia en 1813.

Una vez instalado y luego de algunas sesiones en Santa Fe de Antioquia, el Colegio Constituyente se trasladó a Rionegro. Allí declaró la unión de sus pueblos para no darle “a los traidores la más remota esperanza de restablecer su despotismo sobre las ruinas de la libertad naciente”. Y recalcó a sus representantes el juramento de ofrendar la vida en defensa de la igualdad, la libertad, la seguridad y la propiedad.

En marzo de 1812 el Colegio aprobó la Constitución del Estado que contiene cerca de 300 artículos, que reflejan el conocimiento que se tenía por aquellos hombres cultos, de las diferentes teorías políticas que bajo el influjo de Montesquiu, comenzaban a soplar sobre Europa y América. Allí se planteó, no sólo la necesidad de garantizar esos atributos de libertad, igualdad, seguridad y propiedad, sino que se recalcó que el olvido de los derechos del hombre – dados a conocer por Nariño – y las obligaciones de cada ciudadano “son la causa primaria y el origen del despotismo, la tiranía y la corrupción de los gobiernos”. Entraba ya en la órbita de la administración pública la palabra corrupción que tantos dolores de cabeza le ha creado a nuestro Estado colombiano porque evita que con transparencia y eficiencia se logre el mayor rendimiento de nuestros recursos para aplicarlos a la consecución del bien común.

Esta Constitución fue un modelo de sindéresis y coherencia.  Se le daba forma a un gobierno asentado sobre los tres poderes en los cuales se fundamenta hoy el Estado moderno: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.  En esa Carta, que va a cumplir 200 años de expedida, había las dos salas de Senado y Cámara. El Ejecutivo lo ejercería el Presidente del Estado, con dos Consejeros y un Secretario, y el judicial se operaría a través de un Tribunal Supremo de Justicia con un Fiscal.  Las arcas serían manejadas por un Tesorero General y un Contador asesorado por un  Tribunal de Cuentas.  Es bueno anotar que apenas en la Carta de 1991 se creó en Colombia el Contador General- con 180 años de retraso frente a la Constitución del Estado de Antioquia – y aún no existe, como sí en España, la figura del Tribunal de Cuentas,  el cual hasta hace algunos años fue presidido por Eliseo Fernández Centeno, quien fuera profesor de Economía de la Universidad de Antioquia.

Sostiene el historiador y exgobernador de Antioquia, Jaime Sierra García, que esta Carta se inspiró en la Constitución de Tunja, expedida días antes de la antioqueña y que en ella se combinan “ elementos de la filosofía liberal con una profunda convicción religiosa “. La carta, dice el mismo analista, “desconoció cómo su modelo, la idea del origen divino de los reyes”.

José María Samper, gran crítico y analista de la historia nacional, calificó esta Carta como “una de las más sabias, previsoras, liberales y mejor redactadas de aquel tiempo. Menos complicada y reglamentaria que las expedidas en Cundinamarca, Tunja y Cartagena”,  así como “reveladora del espíritu práctico que siempre ha distinguido a los hijos de Antioquia”.

La Asamblea vivió su impase por los celos que había entre Santa Fe de Antioquia y Rionegro. Si bien se instaló en la Ciudad Madre, expidió la Carta en Rionegro. Y cuando en esta ciudad se convocó a nuevas sesiones para continuar con la legislatura, aquélla protestó por considerar que la Constitución había fijado en la Villa de Robledo la residencia de los altos poderes del estado. Se llegó a la solución de continuarla en Medellín, para luego trasladarse a Envigado donde prolongó sus sesiones hasta 1815, dos años después de haberse declarado la independencia en la ciudad de Antioquia.

La vida de esta Constitución fue efímera, no obstante la profundidad de su contenido. Quizá el hecho de haberse aprobado con carácter provisional mientras la Nueva Granada intentaba modelar su institucionalidad, sembró a su alrededor marcada indiferencia por cumplir los mandatos, hecho acrecentado por el resurgir de las fuerzas españolas en su plan de reconquista, invadiendo territorios que se creían liberados. Con aquella Carta moría una acertada estructura, fruto de la combinación de las soberanías nacional y provincial, como lo destacan agudos analistas contemporáneos.

LA INDEPENDENCIA

A Santa Fe de Antioquia llegaron noticias no muy alentadoras, al comenzar el año de 1813, sobre la forma como Sámano, el español, empezaba a arrasar con las tímidas conquistas que se había logrado con el grito del 20 de Julio de 1810. El pueblo antioqueño que residía en la ciudad capital, se preparó para enfrentar cualquier ataque español y nombró a Don Juan del Corral, quien había llegado a Antioquia proveniente de Mompox – su lugar de nacimiento – como Dictador, suspendiendo el régimen constitucional imperante aprobado por el Colegio Constitucional que en ese momento operaba. Se nombró, para asesorar a Del Corral, una Junta de “seguridad ciudadana”, que convocó al pueblo para preparase a afrontar las vicisitudes que se vaticinaban. Se firmó una proclama que fue leída con encendido acento por el mismo Del Corral y la cual llevaba la firma de José María Hortiz, Secretario del Dictador y oriundo de la llamada “Ciudad Madre”.

Como la situación se iba agravando y las noticias no eran de tranquilidad en el territorio de la Nueva Granada, días después de tomar posesión del cargo de Dictador, Don Juan del Corral estimó que era necesario declarar la independencia absoluta de Antioquia de la corona española, como ya lo habían hecho Mompox, Cartagena y Cundinamarca.

El documento se leyó por medio de un bando pregonado en la plaza de la ciudad de Antioquia, luego de convocar al pueblo por medio de tambores y clarines. En ese acto de independencia se declaraba que “ el Estado de Antioquia desconoce por su rey a Fernando VII y a toda otra autoridad que no emane directamente del pueblo o sus representantes, rompiendo enteramente la unión política de dependencia con la metrópoli y quedando separado para siempre de la corona y gobierno de España “.

Indudablemente que esta declaración fue la más altiva e inapelable de cuantas declaraciones de independencia conoció la Nueva Granada. En la mayoría de las que se fueron suscribiendo en el suelo granadino, se quiso quedar bien con Dios y con el diablo, al desconocer a las autoridades hispánicas, pero le rogaban al rey que viniera a gobernar para demostrarle el vasallaje. En el pronunciamiento antioqueño de una vez se desconoció la autoridad del rey, que entre otras cosas estaba sometido a la voluntad de José Bonaparte, hermano de Napoleón, que había invadido a España y con la arbitrariedad de todo intruso, estaba haciendo de las suyas en territorio ajeno. El genial Goya llevó al lienzo los fusilamientos ordenados por “ Pepe Botella “ Napoleón.

Este grito independentista tuvo su eco en las otras capitales del Estado de Antioquia, compuesto en ese entonces por cinco departamentos. En Medellín se leyó la proclama por parte del Tribunal Superior de Justicia. En Rionegro, Marinilla y el Nordeste, por cada Alcalde. Se exigía el juramento a los ciudadanos mayores de 18 años. Esta edad que fue reconocida por los emancipadores antioqueños como de madurez para tomar parte en la vida de la política nacional, sólo vino a ser reconocida muchos años después, luego de regir por muchas décadas la edad de los 21 años para elegir y ser elegido.

El juramento de fidelidad al nuevo Estado era contundente. Revelaba el sentido afirmativo y vertical del temperamento antioqueño. No había vacilaciones ni dobleces. Menos contemporización o aguas tibias.  “¿Juráis – decía- delante de Dios, obediencia al actual gobierno  y fidelidad a la República de Antioquia en el nuevo y feliz estado de su independencia absoluta a que ha venido por el supremo decreto del 11 de los corrientes, desconociendo la monarquía de España y el gobierno de aquella península, cualquiera que haya sido  y fuese en lo sucesivo;  a la familia reinante y que pueda reinar después y especial y señaladamente al que se dice príncipe heredero Fernando VII ? “  Y para demostrar no sólo más arrojo y contundencia sino el espíritu democrático que comenzaba a reinar en la región, el Juramento persistía en “ desconocer en todo tiempo otra autoridad, sea cual fuere, que no emane directamente del pueblo o sus representantes y sostener con vuestra vida vuestro honor y vuestras propiedades la separación perpetua que hace el territorio de esta república de la corona y el gobierno de España?“

La declaración tanto de independencia del 11 de agosto de 1813, como el juramento que se debía tomar al pueblo en Medellín, Rionegro, Marinilla y el Nordeste, fechado el 12 del mismo mes y año, llevaba las firmas de Juan del Corral como Presidente Dictador, José María Hortiz, Secretario de Hacienda y de Guerra y José Manuel Restrepo, Secretario de Gracia y Justicia. Este último era de Envigado y llegó a cumplir un gran papel protagónico en el proceso de independencia al lado del Libertador Bolívar.

En 1826, Santa Fe de Antioquia perdió su preeminencia como capital. Esta se trasladó a Medellín. La urbe  del Valle de Aburrá crecía aceleradamente. Su clima era propicio, así su mediterraneidad fuera un cuello de botella que con el esfuerzo y tesón de sus gentes iría a superar.

La antigua capital perdió su supremacía y se recogió en inmensa nostalgia. En 1851 algo se le devolvió, cuando el Congreso de la República promulgó una ley mediante la cual se dividía la región antioqueña en tres provincias: Antioquia, con capital Santa Fe; Medellín, con capital Medellín; y Córdoba. con capital Rionegro. Tres años después asumió como gobernador de Medellín, Don Mariano Ospina Rodríguez, ciudadano del altiplano cundi-boyacense, quien más adelante sería presidente de la República. En tanto la gobernación de Antioquia la ejercería el bogotano José J. Pabón.

Años después desaparecerían las provincias para darle paso a los estados soberanos, los que a su vez estaban divididos en departamentos regidos por prefectos. Santa Fe de Antioquia seguía con Medellín y Córdoba a la cabeza del desarrollo administrativo de la región. Estos Estados, creados en la carta federalista de Rionegro, morirían en la Constitución centralista de 1886, firmada bajo el influjo ideológico de Don Rafael Núñez y de Don Antonio Caro. De ahí en adelante Santa Fe de Antioquia se volvió a recoger en sus glorias pasadas y Medellín comenzó su progreso para convertirse hoy en la segunda ciudad de Colombia.