AVIÓN DE TITERE

“La cultura no se vende, se regala”

Por: Samuel E. Aguinaga Alcaraz

Bienmesabe, historias indocumentadas, repito que algunas me las han contado y otras las he vivido personalmente. Muchas cosas graciosas han ocurrido, pero pocas han sido copiadas por los historiadores de cada época. He querido que algunas de mi tiempo sean conocidas por las generaciones actuales y aunque carezco de la gracia para escribirlas, las expongo de manera simple y llana para que otros, más adelante las adornen y enriquezcan de manera que sirvan de gozo a quienes se atrevan a leerlas. Este blog que trata asuntos especiales como son las historietas que no tienen soporte en documentos oficiales, de ahí que algunos me digan cuando voy por la calle que estoy equivocado, que la historia no fue así, a lo cual quiero decirles que están en todo su derecho de escribir corrigiendo para así llegar más cerca de la realidad. En este número vamos con un personaje que yo conocí, excelente paisano, alegre, inteligente que hizo historia en su tiempo y que si hubiera nacido en otro país a lo mejor hubiera salido con algún invento importante, porque en buena parte este mundo es arreglado por los locos, los soñadores como Tomás Alba Edison o Nicolás Tesla, etc. Vamos al grano con el AVIÓN DE TITERE.

No recuerdo su nombre de pila, cuando lo conocí en los años cincuenta ya era un adulto, conductor de carros, manejaba la planta eléctrica, mecánico, etc. Hijo de una señora Joaquina, quien humildemente gozaba diciendo a toda garganta los sábados durante las horas del mercado en la plaza principal para que todos sus paisanos oyeran: “Aquí en Antioquia tenemos tres mujeres importantes: Anita Moreno, Rosario Lora y la que está hablando”. Propietaria de una tienda donde vendía, entre otros artículos, bananos maduros. Por esta razón, hace muchos años, al salir de vacaciones en la Escuela de Varones escribió don Arturito Velásquez Ortiz algunos versos de los que sólo recordaba mi mamá los siguientes: Las vacaciones, las vacaciones/ ya las vamos a empezar/ y muy alegres y muy alegres/ las iremos a pasar. / El domingo en la mañana, / nos levantamos temprano/ y en la tienda de Joaquina/ nos llenamos de bananos./ Tenía, don Arturo, su gracia para anunciar el descanso laboral y sus lágrimas para enseñarnos el amor por nuestra tierra. Pero sigamos que me estoy saliendo del tema: este Títere, según me lo contó Félix María Castro, a quien llamaban Chefo, desde muy joven tenía sus ideas fantásticas casi que como las de un señor en la vereda El Tunal a quien llamaban Sueños, y en una oportunidad se propuso volar desde un árbol creo que de tamarindo o mamoncillo, no sé, que había en el patio de su casa situada sobre la Calle Mocha, hasta la finca Juan Blanco. Trataba así, tal vez sin proponérselo, de violar la ley de la gravedad que sabiamente expuso Newton, según dicen los que saben. El experimento lo comentó a sus amigos y conocidos, por lo que llegada la fecha y hora fijadas para el vuelo, que lo fue un domingo a las cuatro de la tarde, muchos se fueron para la manga de grama de Juan Blanco a esperar la llegada de Títere piloteando su avión hecho en la Ciudad de Antioquia. Chefo, uno de sus amigos más cercanos y único testigo presencial del acto, fue encargado de amenizar el despegue tarareando un pasodoble acompañándose con los golpes que le diera a un galón vacío de esos en que venía la manteca vegetal que vendían desde cinco centavos en adelante en la tienda de don Clemente Barrera.

Títere preparó en el copo del árbol con tablas amarradas con cabuyas, un espacio donde podía estar parado sin agarrarse de nada e incluso dar algunos pasos. Su vehículo para volar era como una vaca loca, de esas que sacaban en la fiesta de la Virgen del Carmen del Cementerio hace ya bastantes años, que tiraba pólvora por todas partes y hacía correr la gente, con alas hechas de varillas de guadua forradas en un papel grueso color café muy de usanza en la época y llegado el momento subió al copo del árbol, llevando en su mano derecha la punta de un lazo en cuyo extremo se encontraba amarrado el aparato en que iba a navegar por el aire, mientras Chefo tarareaba el pasodoble y le daba bien duro con una astilla de leña al galón para que el aviador, convertido en su héroe y animado con la música, emprendiera el exitoso vuelo. Ya en el copo del árbol, sobre el parapeto que había construido, Títere recogió el lazo, subió lentamente el aparato para que no se fuera a dañar, jalándolo como si fuera una vaca que se hubiera pelotiado por un barranco y ya en sus manos se metió dentro de él dejando al aire libre su cabeza sobre la que llevaba un gorro hecho de papel periódico que el mismo había confeccionado para sentirse más auténtico. Miró el espacio, sonrió delirante y con la mano derecha dijo adiós a su leal amigo. Como si fuera a viajar en un trasbordador de la NASA se tiró y raaaaaan…, a la velocidad de la luz bajó llevándose por delante las ramas del árbol y las tejas de la casa y a TIERRA vino a dar… Se aporreó todo el cuerpo y comenzó a quejarse. ¡hay…! ¡Hay…! ¡Hay…! Su acompañante seguía sin parar golpeando el galón y tarareando el paso doble como le había sido ordenado: Pasados algunos segundos, Chefo, que como su familiar Blas Herrón era gago, le dijo : – Enque Títere, ¿sigo tocando? – Enque sigo tocando ¿Títere? Y Títere no respondió nada. Dele y dele al galón y Títere quejándose, hasta que Chefo para brindarle el mejor auxilio que tenía a la mano le dijo: – En que te traigo agua ¿Títere?… Éste le contestó: -¿Acaso comí dulce, hijueputa? Así terminó esta quijotada, tal vez única en Colombia.
Chefo tuvo que huir porque Títere perdió la calma ante semejante fracaso y le iba a pegar porque no dejaba de tocar y la gente que estaba en Juan Blanco se vino para sus casas a las seis de la tarde sin poder ver el aterrizaje del avión de TITERE
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Como decía Don Tomás Carrasquilla: “Todos estamos locos dice la loca. Qué verdad tan amarga dice su boca”

LA RESTA

Don Domingo Vargas fue una de las personas cívicas que conocí en mi juventud, sin dejar de lado a Don Luis Gamboa y a Dominga Grisales. Hablaba mucho de la gente, lo que hacía que fuera mal mirado por sus paisanos. Cuando aquí en Antioquia hubo Tribunal Superior entre 1965 y 1969, puso un telegrama al Ministerio de Justicia diciendo que los Magistrados, Jueces y empleados éramos unos vagos bien remunerados porque no hacíamos nada. Pero sigamos que me estoy yendo por las ramas: En las horas de la noche, se dedicaba Don Domingo a alfabetizar a los adultos mayores, por lo que recibía un sueldo muy bajito del municipio, sueldo que en su época de concejal el Sr. Pedro Nel Roldán le hizo aumentar. Su establecimiento se llamaba La Escuela Nocturna, y asistían, como lo dije antes, las personas adultas, entre las que recuerdo estaban varias de una familia Quiroz que llamaban los Yuquitas, uno de estos Evelio. En una oportunidad don Domingo les dictaba clase de matemáticas, concretamente sobre la resta y luego de muchas explicaciones dijo: -¡A ver Evelio! y agregó: Evelio es un alumno muy aplicado, nunca falta a clases. Es una persona muy entendida gracias a su disciplina –Dígame, Evelio, si usted tiene cuatro bananos maduros y se los come ¿qué le queda, Evelio?… Respondió Evelio: ¡Las cáscaras, don Domingo! No sea bruto, Quiroz, estamos en la resta…. Replicó don Domingo.

 

ventana colonial

ventana en Santa Fe de Antioquia

CALDERIN

Cuentan que a principios del siglo pasado vivía en nuestra Ciudad un hombre a quien apodaban Calderín. Muy pobre, se rebuscaba la platica con ingenio en el manejo de las palabras. Había otro llamado Abelardo Pastor a quien apodaban el Paisa, buena gente, ingenuo y jubilado por el Ferrocarril de Antioquia. Un sábado, Calderín, sin dinero para comprar el mercado, porque aquí no había plata ni dónde trabajar para ganarla digamos que para nadie, tan así que según me contaron, el Dr. Guillermo Martínez Villa, en ese tiempo joven, escribió una carta a un amigo en la que entre otras le decía: “La pobreza es el huésped permanente de mi casa…” y si este que era de los riquitos de ese tiempo tenía semejante huésped en su casa, cómo sería la situación con los pobres?…Pero sigamos con Calderín que ya se me está olvidando lo que quiero contar: un sábado cogió un anillo grueso de cobre que tenía guardado y lo brilló lo más que pudo. Luego se sentó en el árbol de mango de la Catedral y se puso a ofrecerlo en venta. Uno de los que llegaron a observar fue el Paisa y luego de que el vendedor le hiciera la oferta, preguntó cuánto valía, a lo que respondió Calderín que cinco pesos. El Paisa revisó la alhaja y dijo: -pero esto es cobre… Calderín le dijo: -Sí Paisa, es de cobre. Huelelo ve, huelelo! Le pasó el anillo raspándole la nariz varias veces y le repetía: No lo llevés, Paisa, que es de cobre… No le llevés… Y esta frase se la dijo en varias veces. El Paisa se animó y creyó que las afirmaciones de Calderín eran contrarias a lo que decía, esto es que quería decir que el anillo era de oro. Le pareció barato, y le dio los cinco pesos. Se colocó su prenda en el dedo anular y se fue sacando pecho para la casa en el barrio La Virgencita. Al otro día su dedo amaneció verde y el anillo sin brillo y oliendo a cobre. Al lunes siguiente se presentó en la Alcaldía y denunció a Calderín con el argumento de que lo había estafado. El Alcalde hizo citar a Calderín y ya en su despacho le dijo: – Calderín: el Sr. Abelardo Pastor, aquí presente, dice que usted lo engañó al venderle un anillo de cobre como si fuera de oro. ¿Qué tiene usted para decir sobre este hecho? Calderín: -Sí Señor Alcalde, el sábado pasado le vendí un anillo al Sr. Abelardo Pastor, pero yo le dije a él varias veces que no lo llevara que era de cobre, que lo hueliera que era de cobre. Se lo pasé pos sus narices varias veces ¿cierto Paisa? o no… El Paisa respondió: Sí, él si me dijo eso muy clarito, pero yo creí que era charlando. –Charlando, no, dijo Calderín, yo le dije muy serio, que era de cobre y él me lo pagó como si fuera de oro. Ya eso es problema de él. Yo invertí el dinero en mercado para mi casa y no voy a devolverlo. El Sr. Alcalde, a las carcajadas, dijo: – Aquí no hay ninguna estafa, Paisa, usted mismo se engañó y yo no puedo hacer nada en este caso. ¿Si Ve paisa? Al indio no hay que matarlo, porque el indio se mata solo…Pueden retirarse, señores, del Despacho…

En otra oportunidad hizo Calderín un cristo de cera, lo forró en papel brillante o plateado, que estaba de moda, lo pulió bien y lo colocó junto a él en el árbol de mango de la Catedral. Para venderlo a cualquier ingenuo puso en práctica una táctica muy especial. Decía y repetía: Eeee hombre… pero cómo es que no llega… Cómo es que me queda mal… insistía con estas palabras. Al fin llegó el marranito como decimos vulgarmente y le dijo a Calderín: – ¿A quién está esperando, señor? Respondió Calderín: – A un campesino que me encargó este cristo, y vea, nada que viene por él… El recién llegado le dijo, – ¿ Y cuánto vale, pues, el cristo? A Calderín se le abrió tamaño corazón y le manifestó: -Yo lo vendo en dos pesos, es milagroso y ahora mismo le puede prender una vela y pedirle lo que quiera. Póngale fe y verá que le va muy bien. El campesino sacó los dos pesos y se llevó el cristo para su casa en el barrio La Barranca. Allá le prendió dos velas y le rezó, con tan mala suerte que el calor del alumbrado derritió la cera y pronto se le zafó una mano, luego la otra y al final todo quedó amontonado junto a la cruz. El campesino quedó tumbado por Calderín, quien se escondió un tiempo para no responder si se le hacía algún reclamo.

Sigamos con algo distinto. Hoy no voy a transcribir ninguna poesía. Voy a copiar parte de lo que escribió el Dr. Alberto Velásquez Martínez sobre JULIO VIVES GUERRA, datos biográficos, en el libro “Cantos a la tierra nativa”. Edición preparada por el Centro de Historia en diciembre de 1991.

Transcribo un trocito porque no me cabe todo: “Gloria muy singular de Santa Fe de Antioquia es haber sido la cuna del insigne vate José Velásquez García, más conocido con el seudónimo de Julio Vives Guerra. Nació el 24 de julio de 1873 (exactamente 90 años después del Libertador) y al día siguiente fue bautizado con los nombres de Francisco Javier de Jesús José Luis. Sus padres se llamaron Manuel Velásquez y María del Carmen García. Vino al mundo en la legendaria mansión llamada La Casa Negra, mencionada muchas veces en sus crónicas. En dicho lugar el Centro de Historia hizo colocar una placa conmemorativa al cumplirse el centenario de su nacimiento (1973). Continuará. Hasta pronto, amigos…